LA PRIMERA JUNTA DE GOBIERNO, O JUNTA PROVISIONAL GUBERNATIVA (25/05/810)

Producida la caída del virrey Cisneros, los patriotas triunfantes promotores de la Revolución del 25 de mayo de 1810, procedieron a darse lo que fue el primer gobierno patrio, instalando  la “Junta Provisional de Gobierno de la Soberanía del Señor Don Fernando VII”, conocida como “la Primera Junta” y registrada por la Historia como “Junta Provisional Gubernativa”. El nuevo gobierno quedó integrado por nueve miembros que ocuparon los siguientes cargos: Presidente y Comandante de armas: brigadier Cornelio Saavedra; Secretarios: doctores Mariano Moreno y Juan José Paso; Vocales: Presbítero Manuel Alberti, don Miguel Azcuénaga, doctor Manuel Belgrano, doctor Juan José Castelli, don Domingo Matheu y don Juan Larrea. La solemne ceremonia del juramento se efectuó a las tres de la tarde del 25 de mayo de 1810 y todos los argentinos conocemos lo que pasó aquel día y posteriores. Tal vez, algunos tengan más memoria que otros para nombres y circunstancias, pero todos sabemos que esas jornadas fueron fundacionales para nuestra patria. Hay sin embargo, como en la mayoría de los acontecimientos relatados por la Historia, apuntes que ayudan a imaginar esos momentos. Por ejemplo, sabemos todos cómo fue el juramento de la Primera Junta ante el Cabildo?.

En un viejo libro de Historia, Vicente Fidel López, nos relata así este solemne acto: “La ceremonia de la instalación de la Junta fue solemne y debió conmover profundamente a los patriotas. Los cabildantes esperaron a los miembros del nuevo gobierno sentados debajo del regio dosel. A uno y otro lado del salón formaban dos alas compactas los comandantes de las milicias, los jefes y la oficialidad del Estado Mayor, con los prelados de las órdenes religiosas, los empleados y gran número de entusiastas adherentes al cambio que acababa de tener lugar”. “Los miembros de la Junta entraron por el centro seguidos de los vivas y las felicitaciones de la multitud”. El alcalde de primer voto se puso de pie. Con él se incorporaron los demás vocales. El síndico procurador (doctor Leiva), abrió los Evangelios y los puso al alcance de la mano de Saavedra. A una señal del alcalde, Saavedra y los demás se pusieron de rodillas delante de la mesa municipal tendida de damasco punzó y sobre ella, un lujoso crucifijo de plata y marfil. Saavedra puso la palma de la mano sobre los Evangelios; Castelli puso la suya sobre el hombro derecho de Saavedra; Belgrano la puso sobre el izquierdo; y los demás sucesi­vamente los unos sobre el hombro de los otros según la posición que ocupaban.” Pero la historia no terminó allí. Avatares de la política mancharon de luto y oprobio a cuatro miembros de esta Junta. A consecuencia del triunfo del motín organizado por los partidarios del coronel CORNELIO DE SAAVEDRA, Presidente de la Junta de Gobierno Patrio, fueron depuestos y desterrados los miembros de la Junta, NICOLÁS RODRÍGUEZ PEÑA, HIPÓLITO VIEYTES, JUAN LARREA y MIGUEL DE AZCUÉNAGA.

En la noche del 5 al 6, los habitantes de las quintas y de los suburbios de la ciudad, convocados en la plaza Mayor (hoy de Mayo) por el alcalde de las quintas  TOMÁS GRIGERA, exigieron la inmediata reunión del Cabildo, alegando que el pueblo tenía que pedir cosas interesantes a la patria. El gobierno, a instancias de Vieytes y Rodríguez Peña, llamó a su presencia a Grigera para que declarase con qué autorización había ordenado reuniones de ciudadanos. Se estaba poniendo por escrito el interrogatorio, cuando penetraron en el salón los jefes militares, el coronel MARTÍN RODRÍGUEZ y el mayor JUAN RAMÓN BALCARCE, acompañados del doctor CAMPANO, quienes pidieron, en términos perentorios, libertad de acción para Grigera y para el Cabildo, a fin de que, por su intermedio, pudiera saber el gobierno que cosas eran las que el pueblo pretendía. El gobierno, cuyo presidente, Saavedra, así como algunos de sus vocales, estaba secretamente de acuerdo con los amotinados, aceptó la imposición. A las dos de la mañana, los representantes del movimiento grigerino exigieron, entre otras medidas, la inmediata separación de los miembros de la Junta, Rodríguez Peña, Vieytes, Larrea y Azcuénaga, y su destierro de la ciudad; la exoneración del coronel DOMINGO FRENCH y del teniente coronel ANTONIO L. BERUTTI, jefes del Regimiento de la Estrella; la deportación a puntos lejanos de dichos jefes y de los ciudadanos DONADO, POSADAS y CARDOSO, y el llamamiento de MANUEL BELGRANO, para que diera cuenta de su conducta, como jefe de la expedición al Paraguay.

Tal como se pedía se acordó, y el día 7, domingo de Ramos, mientras en los templos se bendecía la palma y la oliva, los cuatro miembros de la Junta depuestos por el pueblo, salían en un coche, escoltados por fuerzas de caballería, hacia la villa de Luján, donde se les debía señalar el lugar de su destierro. Esta movimiento, fue el origen de la serie de escándalos y sublevaciones que tantos días de luto dieron a la patria, y que fue repudiado hasta por sus autores. Cuentan que un 25 de Mayo en Montevideo, varios jóvenes emigrados departían acerca de las revoluciones que habían entronizado a JUAN MANUEL DE ROSAS, mientras colocaban en la azotea de la casa donde vivían, una bandera nacional. Uno de ellos, que por casualidad miró hacia abajo, apercibió al anciano Martín Rodríguez, que paseaba cabizbajo por el patio de la casa, y le preguntó: ¿Quién fue, don Martín, el malvado que hizo la primera revolución en Buenos Aires?. Rodríguez, pobre, enfermo y desterrado, sintió en el fondo del corazón la punzada de tan ingrato recuerdo, y contestó, con voz terriblemente angustiosa: ¿Quién fue el malvado? ¡Yo! Y dándose vuelta se encerró en su habitación, de la cual no salió hasta el día siguiente. Pero no solo estos cuatro miembros de la Primera Junta sufrieron los rigores de su actividad política. Muy dispares, aunque casi todos muy lejos de sus merecimientos, tuvieron nuestros primeros gobernantes, según vemos en las líneas que siguen, donde exponemos el “Origen y el destino de los hombres de Mayo”:

Origen, actuación  y destino de los nueve hombres de mayo.  Nueve hombres tuvieron una influencia decisiva al nacer la República Argentina a la libertad en 1810 y la mayoría de ellos, murió en la soledad y sin el reconocimiento de sus méritos por parte de sus conciudadanos.

Sus edades. Casi cuatro siglos reunían entre los nueve miembros de la Junta. Contra lo que se cree generalmente, no era Moreno el más joven, sino Larrea. Este contaba apenas 28 años, mientras que el fogoso secretario tenía 32. También es erróneo que el de más edad fuera Saavedra, pues sus 49 años no se acercaban a los 56 de Azcuénaga. Entretanto, Paso tenía cincuenta y dos años, Castelli cuarenta y seis, Matheu cuarenta y cuatro y Belgrano cuarenta. De los nueve, seis eran porteños: Castelli, Belgrano, Azcuénaga, Alberti, Paso y Moreno.

Su nacimiento. El titular de la Junta, Saavedra, había nacido en el Alto Perú. Matheu y Larrea, por su parte, eran españoles. Lo cual nos permite verificar un error final en que caen muchos historiadores: Azcuénaga no era español. Excepto Saavedra, Belgrano y Moreno, la vida de los otros seis juntistas no es demasiado conocida. ¿De dónde salieron, qué hicieron y cómo terminaron sus vidas? Esta es una sintética reseña que intenta responder a tales  preguntas.

Sus orígenes y actuación. CORNELIO DE SAAVEDRA. El martes 31 de marzo de 1829 los porteños se enteraron que cuarenta y ocho horas antes había muerto quien, para muchos historiadores, fue el primer presidente de los argentinos. Decía, en efecto, el diario “El Tiempo”: “A las ocho de la noche del domingo murió repentinamente el brigadier general Cornelio de Saavedra. Los buenos patriotas deben sentir su pérdida, por los servicios que aquel ciudadano ha prestado al país”. Tras el escueto y retaceado homenaje periodístico, se escondía un drama: el de la vida de Cornelio Judas Tadeo de Saavedra (tal era su nombre completo), nacido 69 años antes en Potosí, Alto Perú y actual territorio boliviano. Su primera función pública fue la de Regidor. Luego, Procurador, Alcalde de segundo voto y Administrador del depósito público de trigo. Debutó en la carrera militar en ocasión de las invasiones inglesas, comandando el Regimiento de Patricios. Más tarde, su presidencia de la Junta de Mayo fue considerada algo natural, en vista de su prestigio creciente. En 1811 acaudilló el golpe de Estado que desplazó a los morenistas, pero cometió un serio error: abandonar Buenos Aires con destino al norte para reorganizar el ejército que acababa de ser vencido en Huaqui, lo que fue aprovechado por sus enemigos para destituirlo. Alertado Saavedra de lo que se tramaba en su contra, eludió el arresto y en 1815 pasó a Chile, volviendo tres años más tarde, habiendo perdido allí toda su fortuna, acumulada cuando actuó como comerciante con el Alto Perú, antes de producirse las invasiones inglesa. Se instaló en Mendoza y allí San  Martín le prestó protección, pero pronto el gobierno central dispuso su traslado a Buenos Aires para ser procesado. En el ínterin, estalló otro golpe de Estado: el de abril de 1815, a consecuencias del cual, el Cabildo le devolvió su grado militar. Pero la fatalidad parecía perseguir a Saavedra, pues el nuevo Director Supremo, el general IGNACIO ÁLVAREZ THOMAS, lo confinó en Arrecifes y sólo en 1818 obtuvo la rehabilitación definitiva que le otorgara otro Director Supremo, el general PUEYRREDÓN. A partir de entonces desempeñó varios cargos militares, aunque de escasa importancia  y en 1822 se retiró del ejército, aunque en 1825 ofreció sus servicios para combatir contra el Brasil, sin que le sean aceptados, en consideración a su avanzada edad. Pasó sus últimos años en la estancia de la familia ubicada en Zárate, donde fallece el 29 de marzo de 1829. Su fin fue tan oscuro como sus principios, pero en el medio de su vida, le había tocado una de las glorias más envidiables de la historia nacional.

MARIANO MORENO. Los adversarios del temperamental Secretario de la Junta de Mayo lo acusaban de no haber sentido las palpitaciones patrióticas de la semana histórica de 1810, puesto que él, efectivamente, no figura en el movimiento preparatorio de la Revolución. Pero como bien se ha señalado, resulta asombroso que el Moreno que pasó a la posteridad con luces tan destellantes, se haya forjado en sólo quince meses de actuación: los que van desde su integración en la Junta hasta su muerte. “Cuesta hallar en la historia universal otro ejemplo de una hazaña tan breve e intensa”. La madre no pudo realizar su sueño de verlo convertido en sacerdote. De formidable formación intelectual, se había doctorado en derecho y en teología. Abogado de fama en Buenos Aires, asesor del Cabildo, relator de la Audiencia, era autor de escritos memorables como la “Representación de los hacendados, un alegato extraordinario en favor del comercio libre, que fue profusamente reproducido en Europa. En el primer gobierno patrio tuvo la responsabilidad de ordenar el fusilamiento de SANTIAGO DE LINIERS, responsabilidad que no eludió en ningún momento. De indudable intuición diplomática, envió a JUAN JOSÉ PASO a Montevideo para negociar con los realistas, a MATÍAS IRIGOYEN a obtener la protección inglesa y  a ANTONIO ÁLVAREZ DE JONTE a Chile para influir en el movimiento emancipador trasandino. Aunque no está docu mentalmente probado que haya fundado la “Gaceta de Buenos Ayres”, no cabe duda de que fue autor de muchos de sus artículos. Se le adjudica también la fundación de la Biblioteca Pública. Al producirse el incidente del capitán Atanasio Duarte (aquel oficial que sumido en vapores alcohólicos propuso un brindis y la coronación de Saavedra en un banquete oficial), Moreno se opuso dramáticamente al titular de la Junta, con un célebre decreto de abolición de honores donde estampó su pensamiento, diciendo: “ningún habitante de Buenos Aires, ni ebrio ni dormido, debe tener expresiones contra la libertad de su país”. Pero este hecho fue la gota de agua que rebalsó la copa de las profundas diferencias entre “morenistas” y “saavedristas”. Moreno fue alejado del gobierno, siendo abortado un golpe de Estado en su favor animado por FRENCH Y BERUTI, sus fanáticos seguidores. El ex secretario de la Junta aceptó entonces una misión diplomática en Londres. El 22 de enero de 1811, se embarca en la goleta “Misteloe” y viaja rumbo a Europa. Dos días después transborda a la goleta “Fama”, donde lo esperan su hermano Manuel y Tomas Guido que oficiaba de Secretario de la misión que se le encomendara. La navegación se destaca por lo lenta y la salud de Moreno comienza a declinar. Sus acompañantes le piden al capitán que desvíe el rumbo hacia Río de Janeiro, para tratarlo, porque no había médico a bordo, pero éste se niega. Con desconocimiento de Manuel Moreno y Guido, el capitán le suministra al enfermo un emético que agrava su estado de salud vertiginosamente y el 4 de marzo de ese año, fallece en alta mar, a los 32 años. Según algunos, fue envenenado por sus tenaces enemigos políticos con la complicidad del capitán del barco que lo transportaba hacia su destino y según  otros por una furibunda hemorragia producida por el mal gástrico que padecía.

JUAN JOSÉ PASO. Fue el único miembro de la Primera Junta que mantuvo una actuación constante en la actividad política. Asumió la Secretaría de la Junta pasados los cincuenta años de vida. Era profesor de filosofía, física y metafísica. Un dato poco conocido del compañero de Moreno, es que fue uno de los primeros pobladores de San José de Flores, cuando naturalmente no era un barrio porteño, sino un pueblo bien alejado de la capital. Luego de su actuación en el primer  gobierno independiente, Paso integró tanto el Primero como el Segundo Triunvirato. Evidentemente, tenía habilidad para perpetuarse en los gobiernos, porque formó parte también del que imperó en 1815, como asesor del Directorio, luego de ser ministro plenipotenciario en Chile. En 1816 fue diputado al Congreso de Tucumán y designado Secretario del mismo, en cuyo ejercicio leyó la Declaración de la Independencia en la histórica sesión del 9 de julio de 1816. En su infatigable labor al servicio del país siguió ocupando cargos de importancia. En 1822, como miembro de la Legislatura de Buenos Aires fue Presidente del alto cuerpo parlamentario. Dos años más tarde volvió a ser elegido diputado al entonces Congreso Nacional reunido en 1824 y es elegido para integrar la Legislatura que debía reunirse a consecuencia de la Convención de Cañuelas y es nombrado para formar parte del Senado Consultivo que acompañó al general Viamonte, como gobernador de Buenos Aires.  Anciano y soltero, falleció en Buenos Aires el 10 de setiembre de 1833, a los 72 años, sin dejar testamento.

MANUEL ALBERTI. Es el primer miembro de la Primera Junta en morir. El sacerdote Manuel Alberti era cura en San Fernando de Maldonado, en la Banda Oriental, cuando los ingleses lo expulsaron durante la primera invasión. En 1808 obtuvo en Buenos Aires el curato de San Benito de Palermo. Su gran influencia en el clero explica que haya representado a la Iglesia en la Junta de Mayo. Exhibía un espíritu equilibrado, pues si bien era de formación e ideas conservadoras, apoyaba a Moreno en su programa reformista, aunque no en medidas drásticas como el fusilamiento de Liniers. La incorporación de los diputados del interior, conformando la Junta Grande, precipita la salida de Moreno y Alberdi es separado de la Junta. Opuesto a su rival político, el deán Gregorio Funes, mantenía con éste agrias disputas que aceleraron su muerte. Fue, como se ha dicho, “una de las primeras víctimas de nuestras  disensiones internas”. El 31 de enero de 1811, a los 48 años de edad, tuvo un síncope inmediatamente después de haber asistido a una reunión en el Fuerte, donde había mantenido una fuerte discusión, quizás con el dean Funes, como siempre y falleció en el acto.

MIGUEL DE AZCUÉNAGA. Asombrosamente y como queda dicho, gran cantidad de autores le adjudica la nacionalidad española, cuando nació en Buenos Aires en 1754, como está documentalmente probado. Tuvo una participación bastante prolongada en la política. Hombre prestigioso de la Colonia, había sido miembro del Cabildo, alcalde y regidor. Militó en el ejército, luciéndose en el combate de Colonia del Sacramento, en 1777, cuando el virrey Cevallos arrancó a esta plaza de manos de los portugueses. A Azcuénaga es a quien realmente se le debe el empedrado de las calles porteñas, porque si bien es cierto que esta medida ya habia sido dispuesta por el virrey JUAN JOSÉ DE VÉRTIZ, fue Azcuénaga quien aportó el dinero necesario, de su propio bolsillo. Más tarde se desempeñó como comandante de milicias y con el grado de coronel dirigió el Batallón de Voluntarios de Infantería de Buenos Aires, combatiendo en las invasiones inglesas. En la Junta de Mayo se ocupó de los asuntos militares. Luego, los sucesos del 5 y 6 de abril de 1811 lo llevaron al destierro, pero regresó prontamente para integrar el primer Triunvirato. Volvió a ser destituido por el golpe de Estado del 8 de octubre de 1812 y luego  participó en el gobierno de Posadas. En 1817 es nombrado jefe interino del Estado Mayor del Ejército y en 1818, diputado ante el Congreso de Tucumán, que ya estaba instalado en Buenos Aires. En 1824 fue miembro del Congreso que se reunió en esa fecha y bajo el primer gobierno de JUAN JOSÉ VIAMONTE fue vicepresidente del Senado Consultivo. En 1830 presidió la Junta de Amortizaciones y en 1831 y 1832, diputado ante la Legislatura de Buenos Aires. Murió, casi octogenario el 19 de diciembre de1833 en su finca de Olivos, construída  por PRILIDIANO PUEYRREDÓN, lugar que hoy ocupa la residencia presidencial de Olivos.

MANUEL BELGRANO. Pocas cosas son las que se ignoran sobre el célebre creador de la bandera nacional, reiteradamente calificado como una de las glorias más puras del pasado. Manuel Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano tenía una sólida formación intelectual. Egresado de Salamanca y Valladolid, estaba atraído igualmente por los idiomas, la economía política y el derecho público. Te-nía ya un bien ganado prestigio como abogado y hombre culto, en Buenos Aires, cuando fue nombrado vocal de la Junta, pues desde 1793 había sido Secretario perpetuo del Real Consulado y, como tantos otros argentinos, había participado en la defensa contra los invasores ingleses. Periodista (creador del “Correo de Comercio”), fue luego jefe de la fracasada expedición hacia el Paraguay, debiendo responder militarmente por ello. Absuelto, volvió al Paraguay como diplomático, firmando el tratado de alianza entre ambos gobiernos. En 1812 enarboló por primera vez la bandera argentina y el mismo año obtuvo los resonantes triunfos de Tucumán y Salta, aunque caería derrotado en Vilcapugio y Ayohuma. Suplantado por SAN MARTÍN en el mando del Ejército del Norte, Belgrano pasó a Londres en misión diplomática, juntamente con BERNARDINO RIVADAVIA, y a su retomo, se afirmó en su vieja idea monárquica, única solución que avizoraba para los problemas del país. En el Congreso de Tucumán, se aceptó su temperamento independentista, pero no cuajó el proyecto de coronar a un inca. En 1816 volvió a comandar el Ejército del Norte, participando en la lucha contra los caudillos. Hábil diplomático, en 1819, logró firmar la paz con Estanislao López (su antiguo sargento en la campaña paraguaya) mediante el Pacto de San Lorenzo. Pero Belgrano ya se sentía seriamente enfermo. Después de la sublevación de Arquito, Belgrano deja el mando del Ejéricito del Norte y emprende viaje a Córdoba, acompañado de su médico, su secretario y sus ayudantes. Después de una breve detención, motivada por la falta de recursos para seguir, obtiene un préstamo de 400 pesos, con lo cual llegó a Buenos Aires a mediados de 1820. Después de permanecer unos días en una quinta de San Isidro, pasa a una vieja casona de la actual avenida Belgrano. Allí su vida se apaga lentamente, mientras lo visitan diariamente, los religiosos del vecino Convento, hasta que fallece el 20 de junio de 1820.

JUAN JOSÉ CASTELLI. El Robespierre de la Revolución de Mayo, Juan José Antonio Castelli, era primo de Manuel Belgrano, quien consiguió que lo nombraran Secretario interino del Consulado de Comercio. Abogado, tenía su estudio en Buenos Aires. Fue regidor del Cabildo y periodista en el “Semanario de Agricultura” y en el “Telégrafo Mercantil”. Militó en la corriente que postulaba la coronación de la infanta portuguesa Carlota Joaquina en nuestro país, y al ser designado vocal de la Junta de Mayo, apoyó la política del Secretario Mariano Moreno. Se perfiló entonces con nitidez y fue quien, cumpliendo la orden de la Junta, hizo fusilar a Liniers y demás complotados en el levantamiento de Córdoba. Participó luego como delegado civil con plenos poderes en el Ejército Expedicionario al Alto Perú, vencido en Huaqui en 1811. Aunque su labor en el Alto Perú fue de trascendencia (reorganizó la Casa de Moneda de Potosí, planeó la reforma de la Universidad de Charcas, proyectó del decreto que habilitaba a los indígenas a votar), se le ordenó regresar a Buenos Aires y llegó aquí el 20 de junio de 1811. Su participación en el desastre de Huaqui, y sus diferencias con JUAN JOSÉ VIAMONTE, lo llevaron a un proceso militar. Irónicamente, su Juez fue el doctor TOMÁS ANTONIO VIALE, tío de Mariano Moreno, quien, para ese entonces ya había muerto. Pero la justicia no llegó a condenarlo. El 12 de octubre de 1812 el tempestuoso vocal murió en la prisión, víctima de un cáncer en la lengua, provocado por su hábito de fumar cigarros. Y muere en la más absoluta pobreza, habiendo perdido toda su fortuna mientras estuvo en el Alto Perú y sin llegar a cobrar todos los sueldos, que aún le adeudaba el gobierno.

JUAN LARREA. Con orígenes curiosamente parecidos a los de Matheu (español, marino y comerciante), Larrea se afincó en Buenos Aires a comienzos del siglo XIX, estableciéndose también como comerciante mayorista con un almacén naviero, aunque tuvo considerablemente mayor fortuna que aquel. En 1806 y 1807 luchó en la defensa de Buenos Aires, formó parte del Cabildo y en la Primera Junta, siendo vocal, fue designado Secretario de Hacienda de la misma, aunque renunció al sueldo correspondiente, por considerar que “era un hombre de fortuna y sería innoble restarle al Estado, recursos que le serán necesarios”. Su amistad con Moreno provocó que fuera destituido a raíz de los hechos de abril de 1811. Preso, fue confinado en San Juan, pero con el segundo Triunvirato volvió al año siguiente a la capital. En la Asamblea del año XII fue elegido diputado, llegando a presidir el célebre cuerpo. El mismo año reemplazó en el Triunvirato a JOSÉ JULIÁN PÉREZ, ocupándose de los problemas económicos. En 1814, como ministro de Hacienda de Posadas y durante la ocupación realista de Montevideo, se le ocurrió salvar a la Banda Oriental de la dominación española creando nada menos que la Marina de Guerra argentina, gestión que le valió la obtención de memorables triunfos navales a GUILLERMO BROWN. El golpe de estado de 1815, lo llevó a la cárcel con grillos en los pies. Se le confiscaron todos sus bienes y fue expatriado. Pero en 1822, habiendo cambiado la política en Buenos Aires, volvió y con gran esfuerzo y trabajo, pudo recomponer su fortuna, pero tuvo serios altibajos y contratiempos, especialmente durante el primer gobierno de ROSAS, quien hizo lo posible para llevarlo a la ruina, cargándolo de impuestos y multas hasta que tuvo que cerrar su negocio. Tras varias peripecias comerciales que encaró después en Buenos Aires y en Montevideo, pobre y abatido por amargas decepciones, el 20 de junio de 1847, desesperado por no poder levantar un pagaré, se pegó un tiro.

DOMINGO MATHEU. Este español al servicio de la patria nueva tenía una sólida formación marina, como que había navegado como piloto por África y Asia. Sus viajes y sus ambiciones mercantiles lo trajeron un día de 1793 a Buenos Aires, donde se estableció como mayorista de ramos generales en la actual calle Presidente Perón, entre Reconquista y San Martín. Actuó durante las invasiones inglesas como oficial del Regimiento de Infantería  del Orden y alcanzó el grado de teniente. En los sucesos del 22 de mayo votó por la destitución del virrey Cisneros, poniéndose de parte de los patriotas. Sin duda esta posición le granjeó la simpatía de quienes lo propusieron para integrar la Primera Junta, surgida el 25 de mayo. Cumplió algunas funciones durante el período de la Independencia y fue Comisario de Vestuarios. Como vocal de la Primera Junta, representaba al sector comercial. Se le encargó la misión de contrarrestar las actividades subversivas y velar por el abastecimiento de la ciudad. Igual que su compañero Larrea, aportó de su peculio personal para a paliar las dificultades iniciales  del  gobierno patrio. El golpe de estado del 5 y 6 de abril de 1811, no llegó a molestarlo: era unánimemente respetado. Tuvo a su cargo la cartera de guerra de la Junta y en octubre de 1811, ocupó la presidencia de la misma, en reemplazo de Saavedra, pero abandonó el gobierno a fines de 1811. Pero, a pesar de haberse alejado de su cargo en el gobierno, no dejó de lado sus funciones como Director de la fábrica de armas, aunque en 1821 su estado de salud lo obligó a alejarse definitivamente de toda actividad pública. En los catorce años que siguieron, se dedicó en forma exclusiva al comercio, habitando su casa que estaba en la actual calle Florida. Falleció el 28 de marzo de 1831, recluído en su hogar de la calle Florida (material extraído de “la Historia argentina que muchos argentinos desconocen”, de Alonso Piñeiro).

Antecedentes de los nueve hombre de Mayo.  Los miembros de la Junta de Mayo—excepto Larrea—, habían asistido al Congreso General del 22 de mayo de 1810, tres días antes de que se estableciera la Junta, en la que el presidente y Comandante general de armas fue CORNELIO DE SAAVEDRA (1761-1829). Los nueve pertenecían a distintas esferas de la sociedad rioplatense del momento. Algunos, como Belgrano, Azcuénaga y Saavedra habían abrazado la carrera militar, los restantes eran civiles, a excepción del presbítero Alberti. Todos eran porteños, salvo los catalanes Matheu y Larrea, además de Saavedra, nacido circunstancialmente en una hacienda cercana a Potosí. Varios contaban con una importante fortuna personal para los días de Mayo, como el doctor Castelli, hijo de un acaudalado médico, o Saavedra, vecino de buena posición económica; Azcuénaga, hijo de un rico comerciante, quien junto con Matheu dueño de un almacén de ramos generales y de una compañía naviera, y su coterráneo Larrea —también propietario de un almacén al por mayor y armador de una flota que exportaba a los países vecinos—, fue uno de los principales soportes económicos de la Junta revolucionaria.

Los estudios. También en cuanto a estudios y formación, los nueve habían llegado al 25 de Mayo por caminos diversos. Seis de ellos habían hecho sus estudios secundarios en el Real Colegio de San Carlos, repartidos en cuatro “camadas”: Paso y Saavedra eran condiscípulos, ya que el primero había nacido en 1758, y el segundo, un año después; Alberti y Castelli, quienes ingresaron a esta institución educativa en 1787, con trece artos de edad; y por último Belgrano, que obtenía en 1787 su diploma de licenciado en filosofía, mientras que Moreno se incorporó a este colegio en 1790. Los catalanes Matheu y Larrea estudiaron en las Escuelas Pías de Mataró, mientras que Azcuénaga fue el único de los criollos que cursó su secundaria en la madre patria, en el colegio de Archidona, Málaga. Si bien entre los nueve se puede establecer hasta aquí un patrón más o menos parecido, en lo relativo a la primera educación, son los estudios superiores los que marcarían las diferencias políticas posteriores a la gesta de Mayo. Tanto Paso como Castelli pasaron al Colegio Montserrat de Córdoba, donde profundizaron sus conocimientos en teología, y de allí continuaron hacia el Alto Perú para seguir la universidad. Paso obtuvo su doctorado en leyes en la Universidad de Chuquisaca, mientras que Castelli accedería al mismo título en la de Charcas. A esta última casa de estudios se incorporó luego, a principios de 1800, Mariano Moreno, donde cuatro años después, se graduaba también de abogado. El paso por las universidades del Alto Perú contribuiría a encender en los tres, el espíritu de la revolución, ya que allí tomaron contacto con las tendencias reformadoras de los exponentes del derecho indiano. Mientras tanto, Manuel Belgrano el cuarto miembro con el mismo título de la Primera Junta, hacía su carrera en las Universidades de Salamanca y Valladolid y se especializaba luego en economía política.

Los nueve y las invasiones inglesas. En 1806, al producirse la primera invasión inglesa, la mayoría de los nueve futuros miembros de la Junta de Mayo de 1810, tuvieron activa participación en los sucesos que conmocionaron al Río de la Plata. Tres de ellos ya estaban embarcados en la carrera militar: Miguel de Azcuénaga, Cornelio de Saavedra y Manuel Belgrano. Azcuénaga, el mayor de los miembros de la Primera Junta, después de estudiar en España y de dedicarse a la actividad comercial familiar, en 1777, ya había ingresado al ejército, participando en la toma de la Colonia del Sacramento. En 1806, ya como coronel y Comandante del Batallón de Voluntarios de Infantería de la Ciudad, no sólo se negó a prestar juramento de fidelidad al general Beresford, sino que un año después fue uno de los heroicos defensores de Buenos Aires contra las tropas del general Whitelocke. Saavedra se encontraba dedicado al comercio y era el administrador de los granos del diezmo en Buenos Aires, cuando sobrevino la primera invasión inglesa. Al poco tiempo se creaba el Regimiento de Patricios, del que se lo nombró como su primer Comandante. Con este cargo defendió la ciudad en julio de 1807. El caso de Belgrano es distinto. Si bien su ingreso a las milicias — al igual que Saavedra y Azcuénaga—también fue circunstancial, no llegó a participar militarmente en la invasión inglesa de 1806. Este abogado de 36 años, nombrado por Sobremonte “capitán honorario” de las milicias y miembro del Consulado porteño debió huir a la Banda Oriental por estar en desacuerdo con el juramento de reconocimiento a la dominación británica que hizo el consulado. Para la segunda invasión inglesa ya había estudiado rudimentos de milicia y como ayudante del coronel BALBIANI estuvo presente en la rendición del general inglés CRAWFORD en el convento de Santo Domingo. Los miembros “civiles” de la Primera Junta, a excepción de Moreno y Alberti —este último era cura de San Fernando de Maldonado, en la Banda Oriental, tomaron parte de la defensa de Buenos Aires en 1806 y 1807. Paso, desde el Cabildo promovió la destitución de Sobremonte y su reemplazo por Liniers. Castelli fue unos de los que conferenció con Beresford para reclamarle independencia.  Matheu y Larrea, en 1806 aportaron dinero para la creación de un cuerpo de voluntarios catalanes, con el que defendieron a la ciudad, durante la invasión del año siguiente.

Las conspiraciones. Las invasiones inglesas fueron el detonante que abrió los ojos de los futuros revolucionarios de 1810. En 1808, algunos de ellos promovieron la entronización de la Infanta Carlota Joaquina en el Río de la Plata. Quizás el más comprometido fue Castelli, quien firmó el trascendental documento del 20 de septiembre que contenía el plan de la revolución en el Plata. Fue secundado en la intriga por Paso y por Belgrano, quienes mantuvieron profusa correspondencia con los urdidores del plan en Brasil. A los pocos meses, el 1º de enero de 1809, un grupo de cabildantes, opositores al virrey Liniers, y bajo la dirección del español MARTÍN DE ÁLZAGA, promovió la destitución de aquél y su reemplazo por una junta de tipo popular. Los futuros miembros de la Primera Junta ya mostraron sus divisiones al tomar partido en esta revolución conocida como la “conspiración de Álzaga”. Álzaga fue apoyado por Moreno, Paso y Larrea. Matheu, amigo íntimo de Álzaga, se mantuvo al margen. Moreno fue uno de los que participó en las deliberaciones del Cabildo, propugnando la junta popular de peninsulares que presidiría Álzaga, y en la que él figuraría como secretario. La intervención de Saavedra con sus Patricios desbarató el movimiento, y Larrea fue desterrado, mientras que Moreno no fue perseguido ni molestado. La asonada mostró claramente el poder militar de Saavedra y por otra parte, el peso político de la figura de Moreno, quien a pesar de haberse comprometido en la conspiración, salía sin mancha de ella. De todos modos, los sucesos del 1º de enero de 1809, ya anticipaban la posterior división entre “saavedristas” y “morenistas”, que trágicamente, luego se concretó, mostrando una preeminencia inicial de Saavedra en los hechos ocurridos después del 25 de mayo.

Sus finales. Alberti, Moreno y Castelli, murieron en los primeros años del proceso emancipador y Belgrano cuando el país se precipitaba a la anarquía. La muerte de Saavedra, Matheu y Paso tiene lugar cuando se inicia el período rosista, mientras que Larrea y Azcuénaga muren hacia los últimos años del mismo. La mayoría de ellos no gozó del reconocimiento público en vida y dejó de existir en la pobraza, habiendo invertido sus recursos en la gesta emancipadora. Valga este recuerdo, como reconocimiento y ejemplo para las generaciones presentes.

3 Comentarios

  1. Anónimo

    es re argo

    Responder
  2. gaby

    No sirve.

    Responder
    1. Horacio (Publicaciones Autor)

      Señorita Gaby: Le agradeceremos nos diga qué no sirve. Trataremos de hacer que sirva.

      Responder

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