EPIDEMIA DE FIEBRE AMARILLA (27/1/1871)

EPIDEMIA DE FIEBRE AMARILLA. Durante el siglo XIX, las malas condiciones higiénicas de la ciudad, la falta de agua corriente y de sistemas cloacales, facilitaban la propagación de epidemias. Las sufrieron Buenos Aires, Montevideo y Río de Janeiro entre otras ciudades. Cada verano se esperaba la llegada del terrible mal que parecía venir de los trópicos en la bodega de cualquier navío. En 1857 Montevideo se vio diezmada por la fiebre amarilla que pasó a Buenos Aires y causó 300 muertos en dos meses. En los campamentos del Paraguay, el cólera causó miles de víctimas entre aliados y paraguayos y entre 1868 y 1869 provocó 7.000 muertos en Buenos Aires. Pero hasta esos días, Buenos Aires nunca había conocido tiempos más oscuros y tétricos como los que le tocó vivir aquellos primeros seis meses de 1871. Un brote epidémico de fiebre amarilla había surgido en Paraguay y las condiciones sociales y sanitarias de la vieja aldea que caóticamente intentaba convertirse en metrópoli, favorecieron su llegada a Buenos Aires. En esos años, Buenos Aires tenía ya cerca de 190.000 habitantes, muchos de los cuales eran inmigrantes, que se hacinaban en los conventillos del Sur. La mayoría de la población aún se abastecía de agua de aljibes e incluso del propio río y los saladeros y el Riachuelo eran focos de podredumbre e infecciones, No fue extraño entonces, que sucediera lo que sucedió cuando en el caluroso enero de 1871 comenzaron a llegar los primeros veteranos de la Guerra del Paraguay y con ellos desembarcó la “fiebre amarilla” (1). Un nuevo problema se presentaba así al Presidente Sarmiento. Durante su presidencia había tenido que superar graves dificultades. A la situación externa con el Paraguay, Brasil y Chile, se sumaron en el orden interno los alzamientos de López Jordán, seguidos de otras revoluciones menores en Corrientes y en Mendoza, y el descontento en otras provincias, además del azote de los indios que amenazaban en todas partes. Ahora era una epidemia que comenzó en enero de 1871 y que entre enero y junio de ese año, causó casi 15.000 muertos en total. Conocida también como la “peste del vómito negro”, fue la peor catástrofe padecida por la ciudad, una tragedia que devastó el país entero, pues, si bien lo fue en menor medida, numerosos casos se produjeron en el interior El 27 de enero se registraron las tres primeras muertes. Se produjeron en el barrio de San Telmo, en la calle Bolívar 392 (hoy 1200). En febrero, las víctimas ya fueron 22 y el 23 de febrero, el doctor Eduardo Wilde confirmó que todos ellos habían sido víctimas de la fiebre amarilla y a partir del 6 de marzo, la epidemia adquirió una violencia inusitada causando cien víctimas diarias y la enfermedad se esparció como reguero de pólvora. El terror cundió entonces y la ciudad fue evacuada en masa. De los 190.000 habitantes que había en ese entonces, decenas de miles de ellos se fueron al campo, quedando solamente unos 45.000 personas. La gente se instaló en pueblos de los alrededores como Flores o Belgrano y otros se alejaron aún más. La ciudad estaba desierta y las casas y negocios abandonados. Los hospitales rebosaban de enfermos y el Estado arrendó el Hospital Italiano, para atender a los atacados por el mal. Todos los diarios, menos “La Prensa” y “La Nación”, dejaron de aparecer. Se cerraron Escuelas, Iglesias, Bancos y Comercios, Oficinas del Gobierno y Tribunales. Todo se cerró y por las desiertas calles de Buenos Aires sólo se veían vehículos de toda clase, conduciendo cadáveres en toscos cajones construídos apresuradamente. Por falta de personal y medios, muchos enfermos murieron abandonados. Al pasar los días, los decesos fueron en aumento y a fines de febrero, no bajaban de 40 diarios. Los más afectados eran los inmigrantes italianos, que fueron estigmatizados. Inexplicablemente, hasta ese momento se pensaba que el flagelo que azotaba la ciudad no alcanzaría mayores proporciones, pero cuando al comenzar el mes de marzo se lo vio avanzar rápidamente y cuando los muertos ya eran cientos cada día, el terror se apoderó de toda la ciudad y las personas con mayores recursos comenzaron a huir, abandonando la ciudad. A partir del 6 de marzo la epidemia adquirió una violencia inusitada causando más de cien víctimas diarias. De 190.000 habitantes, que en ese entonces vivían en Buenos Aires, decenas de miles de ellos se refugiaron en las “quintas” de la periferia, en “la Recoleta y en las provincias no afectadas por el mal, quedando solamente unos 45.000, sin medios o voluntad para dejar sus hogares. La gente se instaló en pueblos de los alrededores como Flores o Belgrano y otros se alejaron aún más. La ciudad estaba desierta y las casas y negocios abandonados, situación que lamentablemente fue aprovechada por delincuentes que se dedicaron a saquear y robar. El 13 de marzo se convocó a un mitin popular en la Plaza de la Victoria y allí se formó una Comisión Popular (para algunos Comisión Municipal) para aunar esfuerzos. Presidida por el doctor Roque Pérez, estaba integrada por conocidos ciudadanos entre los que estaban Héctor F. Varela, M. Billinghurst, Juan C. Gómez, Manuel Bilbao, Manuel Argerich, José María Cantilo, Manuel Quintana, León Walls, Carlos Guido Spano, Carlos Paz, F. López Torres, A. Ebelot, Aristóbulo del Valle, Evaristo Carriego, Alejandro Korn, José C. Paz, C. Martiño, Lucio V. Mansilla, Bartolomé Mitre y Vedia, Emilio Onruvia, Menéndez Behety, Francisco Uzal, T. Armstrong, hijo, B. Cittadini, César, José M. Lagos, F. Almonte, Gustavo Nessler, P. Ramalla, A. Giglio, Juan y Daniel Agentí, A. Larroque, P. Berbatti, Florencio Ballesteros, J. E. P. Dillón, Pablo Gowland, R. Viñas, F. S. Mayáns y F. Dupont. Pero también surgieron discrepancias sobre la forma de encarar la situación. Por otro lado se produjeron hechos que llaman a la reflexión. Mientras el general Bartolomé Mitre (que se quedó en la ciudad junto con sus hijos), se incorporó a la Comisión Popular (padeciendo la peste al igual que su hijo, el periodista “Bartolito”), el presidente de la República, Domingo Faustino Sarmiento, aconsejado por sus ministros, abandonó la ciudad y el 19 de marzo y se dirigió a Mercedes, en la provincia de Buenos Aires, mientras su Vicepresidente ALSINA hacía lo mismo. El diario “La Nación”, tenaz opositor de Sarmiento y propiedad de los Mitre, ni lerdo ni perezoso, aprovechó la oportunidad y le dedicó su editorial del 21 de marzo, titulándolo “El Presidente huyendo”, en el cual juzgaba muy duramente esta actitud, afirmando: “”Hay ciertos rasgos de cobardía que dan la medida de lo que es un magistrado…”. Si bien razones políticas estimularon este ataque, en el mismo editorial, se formulaban algunas preguntas urticantes: “¿Es posible que haya tanto desprecio por este este pueblo noble e ilustrado. Que lo veamos huir repatingado y lleno de comodidades en un tren oficial, en vez de subir a un carruaje, para recorrer el hogar del dolor, a visitar los hospitales y lazaretos, dando ejemplo de un valor cívico que estimularía y levantaría el espíritu público ”. Continúa el editorial en idéntico tono señalando la presencia de una lujosa comitiva integrada por “setenta zánganos” que causan gastos enormes a la Nación, echándole en cara, además, que no tome siquiera mil pesos de su sueldo y lo mande a alguna de esas listas de suscripción que en tantas partes levanta el pueblo …” Ante la avalancha de críticas y el desprestigio consiguiente, Sarmiento decidió regresar a Buenos Aires, pero no recorrió ninguna calle ciudadana, ni hizo acto de presencia ante ninguna de las Comisiones que trabajaban para combatir la epidemia y sus consecuencias, como lo recuerda el historiador Miguel Ángel Scenna en su obra “Cuando murió Buenos Aires”, Editorial La Bastilla, Serie “A sangre y fuego”. Cuando se colmó el Cementerio del Sur (hoy convertido en el Parque Ameghino), el gobierno provincial compró siete hectáreas en el lugar conocido como Chacarita de los Colegiales y allí en grandes zanjas se enterraron miles de muertos cubiertos con capas de cal. El 14 de abril, el Ferrocarril Oeste habilitó un ramal hasta el nuevo cementerio, para llevar los cuerpos de las víctimas. Dos viajes diarios realizaba “La Porteña” con los muertos que recogían los carros de basura en las calles de la ciudad. No había más cajones y las víctimas eran apiladas en esos carros. La Comisión Popular que se había formado para hacer frente a los acontecimientos y combatir el mal, prestó importantes servicios y atenuaron algo el horror de la situación. Pero al entrar en funciones se encontraron con que faltaba de todo: Hospitales, médicos, medicinas, enfermeros, farmacéuticos y hasta sepultureros. Todos los medios eran pocos y nada daba abasto, pero ellos se ocuparon de proveer todo lo que faltaba, de aislar y socorrer a los atacados, de reubicar a los desamparados, de sanear la ciudad y de buscar inmediata solución a los numerosos problemas que esta situación creaba. Algunos de sus integrantes hasta recorrían las casas donde había habido una muerte y desalojaba a sus ocupantes, cuyas pertenencias eran quemadas en una pira. El 9 de abril murieron 501 personas y empezaron a surgir los saqueadores que aprovecharon la situación de caos que se vivía en la ciudad para apoderarse de lo que les tentaba, vaciando los comercios y casas abandonadas. El pico de la enfermedad se alcanzó el mes de abril de ese año y lo crítico de la situación se agudizó con la muerte de prestigiosos médicos que se sacrificaron atendiendo sin desmayos y recorriendo todos los barrios de la ciudad. El 10 de abril, la epidemia llegó a su punto máximo, causando 563 casos fatales. A las ocho de la noche comunicaba el Administrador del Cementerio de la Chacarita que había cuarenta cadáveres sin enterrar por no haber quien lo hiciera. Los miembros de la Comisión Popular señores GUIDO SPANO, H. VARELA, MANUEL BILBAO, ALBAMONTE y otros se pusieron el sombrero y sin decir palabra, fueron, noble y sencillamente, a cumplir tan triste deber. Algunas horas más tarde les ayudó en su tarea el jefe de Policía, E. O’GORMAN, con un piquete de vigilantes. El día siguiente, 11 de abril, la Aduana recaudó 40 pesos fuertes para pagar jornales de los voluntarios que se animasen a oficiar de sepultureros. El 14 de abril, el Ferrocarril Oeste habilitó un ramal hasta el nuevo Cementerio, para llevar los cuerpos de las víctimas. A lo largo de la calle Corrientes, la “Porteña”, transformada en un verdadero “tren de la muerte”, trasladaba a las víctimas hacia las fosas comunes. Realizaba dos viajes diarios llevando los muertos que recogían los carros de basura en las calles de la ciudad, pues como no había más cajones, las víctimas eran apiladas en esos carros. El 15 de abril falleció el doctor Adolfo Señorans, el 18 Adolfo Argerich, el 24, Caupolicán Molina, veterano de la guerra con el Paraguay, quien atendió a su ex jefe, el general Mitre, cuando éste cayó víctima de la enfermedad y que aún convaleciente, abandonó su lecho de enfermo, para despedir el cadáver de su amigo de 37 años. Y sigue la lista: el 25 muere el doctor Sinforoso Amoedo, el 28 el doctor Gil José Méndez y el 1º de mayo, Guillermo Zapiola. Mayo se presentaba amenazante y la explosión de la epidemia parecía inminente. La Comisión Popular no daba abasto ante los requerimientos de atención que se requerían, el traslado o la incineración de los cadáveres y la desinfección y quema de las propiedades afectadas. Cayeron víctimas del mal durante este mes de mayo Bartolomé Mitre, y Vedia, Juan Carlos Gómez Dillon, Cittadini, del Valle, Gigli, Korn, Enrique Gowland e inclusive, el presidente de la Comisión, el doctor Héctor Varela. Numerosos problemas graves brotaban, en medio de la desesperación de las autoridades y pobladores: surge la delincuencia y se producen numerosos asaltos, robos domiciliarios y saqueos en esta ciudad, semi abandonada, a pesar del comportamiento ejemplar de la policía, cuyo jefe O’Gorman conducía personalmente en la realización de los numerosos procedimientos que eran necesarios, pero difíciles de llevar a buen término en una ciudad con 300 defunciones diarias y un descontrol que abarcaba a todos sus ámbitos. Hubo actos de heroísmo extraordinario, como los protagonizados por los integrantes de la Comisión Popular, por los enfermeros, asistentes voluntarios, carreros, agentes de policía y tantos servidores anónimos que se sumaron en esta ciclópea tarea. El sacrificio y la abnegación superaron todo previsión, pero también surgió lo peor del hombre. A los asaltos, robos y rapiñas que hemos comentado se sumaban actos reprobables, que no siempre involucraban a necesitados o delincuentes. Se supo de un ciudadano extranjero que se apoderó de $9.000 de un moribundo al que atendía. Se conocieron actos de extrema violencia para conseguir vehículos para huir a la campaña. Se conocieron casos de abandono de ancianos imposibilitados El doctor Lucio Víctor Mansilla, vicepresidente de la Comisión Popular de Asistencia, sufrió la muerte de su hijo mayor, llamado Andrés que contaba sólo 16 años de edad y si bien él pudo salvarse de la enfermedad, estuvo a punto de morir también, pero no de fiebre amarilla, sino porque un ex ayudante suyo, le disparó cinco tiros que solamente lograron herirlo en un hombro, herida de la que fue atendido por los doctores Molina y Clausen. Una semana después se reponía en casa de su hermano Carlos, cuando recibió la noticia de la muerte de su padre, el héroe de la “Vuelta de Obligado”. Desoyendo los consejos de su médico, se vistió apresurada y dificultosamente y se dirigió al hogar paterno, pensando quizás que el destino se había ensañado con él: la muerte de su hijo, el atentado contra su vida y ahora, la muerte de su padre, eran más de lo que podía soportar. Encontró a su padre, el cuñado el Juan Manuel de Rosas, vestido con su uniforme, velado en la penumbra de cuatro cirios y rodeado por la silenciosa presencia de gran cantidad de ciudadanos y funcionarios. El propio Mansilla dice en su libro “Entre nos. Causerie de los jueves”, (publicado por la Editorial Hachette) …. “mi padre tenía en aquel entonces cuatro gatos blancos. Los cuatro estaban agrupados alrededor del féretro. Mustios, taciturnos, inconsolables. Destacándose como copos de nieve sobre el negro sudario. Me arrodill酅.. y lloré”. Al día siguiente, bajo una pertinaz llovizna fue trasladado al Cementerio de la Recoleta, donde despidieron sus restos el poeta Carlos Guido y el doctor Diego Gómez de la Fuente y luego, en razón de las circunstancias que agobiaban a la ciudad, fue enterrado, sin honores militares y en el más absoluto silencio. Mientras tanto, el dolor seguía rondando la ciudad. La fiebre amarilla se cobraba una dolorosa cuota de 400 a 600 muertos diarios y esa situación, se vio agravada, por la aparición de un bote de viruela. Las lluvias se hicieron torrenciales. A fines de mayo, la epidemia comenzó a declinar. La cifra de 7.500 muertos que la fiebre amarilla se cobró, solamente en el mes de abril, descendió en mayo a 3. 845 y en junio, solamente se registraron menos de 400 casos fatales. Hacia junio, cuando el frío hizo que menguara la virulencia de la epidemia, se estimó que entre enero y junio, se habían producido unas 13.000 muertes en total, entre los que se contaban los doctores Roque Pérez, Manuel Argerich, Francisco Muñiz, Lucio V. Mansilla, F. Ballesteros y F. López Torres y otros muchos voluntarios que como ellos habían formado parte de la Comisión Popular que abnegadamente se habían puesto a disposición del pueblo de Buenos Aires para protegerlos de la epidemia. En julio falleció León Ortíz de Rosas, miembro del Consejo de Higiene Pública, hijo del general Prudencio Rozas, sobrino de Juan Manuel de Rosas y primo de Mansilla. También murió Amalia Sáenz, esposa del escritor José Mármol, quien sólo la sobrevivió hasta el 12 de agosto, fecha en la que él también falleció del mismo mal. Pero hasta ese momento, era el ámbito de los sacerdotes, el más afectado por la epidemia. Cada parroquia tuvos su víctima fatal. Un cura de la Iglesia de La Merced, otro de Monsertat, un cura auxiliar de Pilar, un teniente cura de La recoleta, un sacristán mayor de la Catedral de Buenos Aires, el capellán del Arzobispo de Buenos Aires, el párroco y un teniente cura de San Nicolás, dos curas de la Iglesia de La Concepción y dos de San Telmo, tres frailes franciscanos, dos jesuitas, un teniente cura de Barracas y un número nunca determinado de monjas y Hermanas de Caridad. Según el doctor Guillermo Rawson, la cantidad de religiosos fallecidos por la fiebre amarilla es de aproximadamente 70 personas, número sólo comparable con el de los fallecidos entre los médicos, paramédicos y voluntarios en la atención de los pacientes. Estando así las cosas, el “combate periodístico” no cesó y si por una parte el diario La Nación obstinadamente seguía criticando a Sarmiento por su ausencia de la ciudad sumida en el dolor, el diario “La Tribuna”, propiedad de Héctor Varela, atacaba al gobernador Castro, sin darse cuenta quizás, ninguno de los dos, que no era momento para dirimir sus diferencias políticas. Finalmente, el 2 de julio ya no hubo muertos y así terminó esta pesadilla que produjo 13.614 víctimas fatales según datos oficiales, aunque nunca pudo determinarse con exactitud el número de muertes que causó esta epidemia. Se estima que alcanzó a poco menos de un 10% del total de habitantes, porcentaje que podría variar, según se tenga en cuenta para este total, a quienes partieron de sus hogares, ante la alarmante proliferación de esta peste y que a pesar de ello fallecieron o que se recuperaron. Después, Buenos Aires ya no sería la misma. Los barrios del Sur comenzarían una decadencia que durará varias décadas y el conventillo iría retrocediendo como la vivienda típica de una ciudad decidida a modernizarse y que en pocos años se convertiría en la París de América del Sur. Dice el historiador MIGUEL ÁNGEL SCENA en su obra ya citada “Cuando murió Buenos Aires” … “Escuelas, teatros, confiterías, clubes, iglesias, eran un exponente de la desolación, con sus puertas cerradas. Las casas en construcción (que eran muchas), se levantaban inconclusas y abandonadas con aspecto de ruinas. Los Bancos dejaron de atender por falta de personal. Por la misma razón cerraron los Tribunales, los Juzgados y la mayor parte del comercio. Se desató una serie de quiebras en cadena que en abril se convirtió en avalancha desarticulando el andamiaje financiero de la ciudad. Hasta la Casa Rosada quedó desierta” (1) Algunos autores dan como cierto que la epidemia en realidad se desató cuando arribó a Buenos Aires el barco francés “Poitou”, que había zarpado de Río de Janeiro el 7 de febrero de 1871, trayendo un pasajero que ya debió haber estado enfermo cuando llegó, porque falleció el 23 de dicho mes en el Hotel Roma, ubicado en la calle Cangallo (hoy Presidente Perón), entre Esmeralda y Maipú.de la ciudad de Buenos Aires, momento a partir del cual, la muerte invadió las calles de Buenos Aires y de muchas ciudades del interior.

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