ABORÍGENES DE LA ARGENTINA

Indios (ver “El aborigen y su problemática” en Crónicas)
El término tuvo un origen equívoco, porque nació por la creencia europea de que el continente descubierto por CRISTÓBAL COLÓN, que luego denominaron América, era en realidad la India y comenzaron a llamar “indios” a los aborígenes de estas tierras. El término no pudo ser desterrado ya nunca más y en la República Argentina, todavía  suele utilizarse el término “indio” para referirse genérica e indiferenciadamente a los pueblos originarios, amerindios, sin mezcla de sangre europea. Diversos estudios e instituciones señalan como discriminatoria la tendencia a denominar a los pueblos originarios de América, con el término “indio”, por lo que será aceptable, referirse a ellos como “indígena”, “aborigen” o “nativo”.

Los aborígenes americanos llegaron al continente en varias épocas, algunas de las cuales se remontan a entre los 25.000 y los 40.000 años antes de Cristo. Vinieron desde Asia atravesando el Estrecho de Bering, pasando de Siberia a Alaska. Después de 600 generaciones, unos 18.000 años más tarde (hacia el año 10.000 antes de Cristo), alcanzaron el extremo sur del continente (la actual Tierra del Fuego en territorio argentino), a unos 17.000 kilómetros del punto de penetración inicial en el nuevo mundo (1).

Estos primitivos habitantes, o amerindios,  tenían características mongoloides, propias de un tipo especial de un población  que, durante algún tiempo, fue común a Asia y Europa. Así, el probable “homo tipo indoamericano”, era de piel cobriza, más que amarilla, que quizás fuera producto de un cruce entre amurios y mongoloides, dando como resultado de sucesivos cruces y aportes inmigratorios, las tribus que habitaron el suelo argentino, cuando llegaron los españoles a América. Los indios que poblaron estos territorios, se pueden dividir en cuatro grandes grupos, definidos por su situación geográfica y las características que le fueron propias: los pueblos de las llanuras, los pueblos andinos, los del Litoral  y los de los montes.

“Las grandes naciones indígenas de la República Argentina se pueden resumir en 12 grupos étnicos y culturales que son los Omaguacas, Atacamas, Diaguitas, Huarpes, Comechingones, los Chaco Austral, los del Litoral Mesopotámico, Guaraní, Pámpásica, Araucana, Patagónica y de los Archipiélagos del sur, integradas a su vez por una gran cantidad de parcialidades, desprendidas de la nación principal, muchas de las cuales desaparecieron definitivamente entre los años 1700 y 1800”.

De estas naciones hubo gran cantidad de desprendimientos que a medida que fueron habitando otros lugares, fueron adquiriendo otras costumbres que les permitieron adaptarse al medio y progresar. Son sesenta y cuatro los grupos familiares o parcialidades que el investigador GUILLERMO ALFREDO TERRERA incluye en un estudio que realizara sobre este tema y éstos son sólo una parte de la gran cantidad y variedad de nombres que empleaban los indígenas argentinos para denominarse por lo que nos permitimos sugerir se consulte su obra “Caciques y Capitanejos en la Historia Argentina”, para informarse acerca de este tema.

Las más importantes de estas grandes familias indígenas que poblaron el territorio que hoy ocupa la República Argentina fueron las siguientes anotadas por orden alfabético: Abipones, Alacalufes , Andalgalás, Araucanos, Atacamas, Boroganos, Caingás, Calchaquíes, Calingastas, Capayanes, Chaguangos, Chanás, Charrúas, Chichas, Chulupíes,Comechingones, Diaguitas, Huarpes, Guaraníes, Guayanás, Hualfines, Huarpes, Juríes, Lules, Mocovíes, Mapuches, Matacos, Mataguayos, Minuanes, Muluches, Olongastas, Omaguacas, Onas, Pehuelches, Pehuenches, Pampas, Patagones, Payaguás, Pilagás, Querandíes, Quilmes, Ranqueles, Sanavirones, Tehuelches, Timbués, Tobas, Tonocotés, Vilelas y Yaganes.

Estas familias ocuparon los siguientes territorios agrupados por regiones: Araucanos, Muluches, Patagones, Pehuelches, Pehuenches  y Tehuelches, (Cordillera centro, Cordillera sur y Patagonia). Boroganos, Pampas y Ranqueles (sur de Córdoba, sur de San Luis, sur de Santa Fe, Pampa central y Buenos Aires), Comechingones (centro oeste de Córdoba y noreste de San Luis), Querandíes (Litoral de Buenos Aires hasta la banda norte del río Salado) y Sanavirones (noreste de Córdoba y sudeste de Santiago del Estero). Abipones, Mocovíes, Pilagás y Tobas (Chaco Austral). Matacos (noreste de Salta, este del Chaco  y noroeste de Formosa). Andalgalás, Hualfines y Quilmes (Provincia de Catamarca) aunque éstos últimos luego pasaron a Buenos Aires. Caingás (Norte de Misiones), Chulupíes (norte de Formosa) y Payaguás (norte de Formosa y Chaco). Calchaquíes y Diaguitas (noroeste del territorio argentino), Chichas (norte de Jujuy) y Omaguacas (Jujuy). Calingastas (San Juan), Capayanes (La Rioja y San Juan), Huarpes (Sur de San Juan y norte de Mendoza) y Olongastas (Llanos de La Rioja). Chaguangos (este de Salta) y Vilelas (sudeste de Salta). Chanás, Guaraníes, Guayanás, Mataguayos, Minuanes, Payaguás y Timbués (Litoral y Mesopotamia). Charrúas (sur de Entre Ríos y noreste de Buenos Aires). Juríes y Tonocotés (Santiago del Estero) y Lules (Tucumán). Alacalufes, Onas y Yaganes (Tierra del Fuego e Islas del Atlántico sur). Atacamas (en la Puna),

Y FRENTE A ESTAS FAMILIAS ABORIGENES, SE ALZÓ LA FIGURA DEL HOMBRE BLANCO (2), QUE LLEGÓ A AMÉRICA, PRIMERO PARA CONQUISTAR ESTOS NUEVOS TERRITORIOS QUE SE ABRÍAN UBÉRRIMOS Y LLENOS DE RIQUEZAS PARA SATISFACER SU CODICIA Y SUS ANSIAS DE PODER Y DOMINIO, REEMPLAZADO LUEGO POR EL GAUCHO, QUE VIO EN ESTAS TIERRAS, LA POSIBILIDAD DE LABRARSE UN PORVENIR Y QUE QUISO POSEERLA, PORQUE SE LE DIJO QUE ERA SUYA, QUE ESTA ERA SU PATRIA Y QUE ERA SU DERECHO AFINCARSE EN ELLA, LABORARLA Y EXTARER DE ELLA SU SUSTENTO Y EL DE SU FAMILIA.

Y ASÍ LO HIZO, SIN PENSAR QUE DETRÁS DE ESE HORIZONTE QUE VEÍA PROMETEDOR, ESTABAN QUIENES HABÍAN NACIDO EN ELLA. QUIENES POR SIGLOS Y SIGLOS LA HABÍAN RECORRIDO LIBRES Y FELICES. CON SUS HIJOS, SUS COSTUMBRES Y SUS MIEDOS.

Y ASÍ FUE QUE EN ESTA TIERRA HUBO DOS DUEÑOS. MEJOR DICHO DOS MUNDOS QUE SE CONSIDERARON DUEÑOS ABSOLUTOS DE UN BIEN. Y COMO ESTO NO ERA ASÍ, VINO LO QUE VINO.

CRUELDADES DE AMBOS BANDOS. INCOMPRENSIÓN, ENGAÑOS, VIOLENCIA, DOLOR, MUCHO DOLOR Y UN FINAL QUE NO MERECIÓ NADIE. PORQUE UNOS FUERON BORRADOS DE LA TIERRA Y OTROS, QUEDARON TRIUNFANTES SOBRE ELLA, PERO A QUÉ PRECIO SEÑOR !!!. AÚN HOY, PASADOS YA MUCHOS AÑOS, LA HISTORIA ARGENTINA AÚN ESTÁ MANCHADA CON LA SANGRE DE QUIENES MURIERON EN ELLA POR DEFENDER “SUS DERECHOS” Y AÚN SE PIENSA QUE PODRÍA HABER HABIDO OTRA SOLUCIÓN, PARA DIRIMIR ESAS DIFERENCIAS DE OPINIÓN.

“Cuando se produjo la llegada de los españoles al territorio que hoy ocupa la República Argentina, durante el siglo XVI, la totalidad de la población indÍgena en el área, no excedía los 300.000 individuos. Se hallaban divididos aproximadamente en veinte grupos diferentes, que abarcaban desde los más primitivos pescadores, cazadores y recolectores de la zona de Tierra del Fuego hasta las más semicivilizadas comunidades agrícolas de los límites sudestes del Imperio Inca. A pesar de diferir lingüísticamente  y en lo que respecta a sus orígenes étnicos, estaban vinculados  por las dificultades que ponían en riesgo su subsistencia: Dependiendo de las características de las tierras que habitaban, compartían la misma o muy parecida dieta—al menos el maíz y la carne eran sus alimentos comunes,; utilizaban las  mismas armas, tales como macanas, arco y flechas y boleadoras (en la pampa) y arpones y lanzas para pescar. En cualquier zona, la presencia de los aborígenes y sus estructuras culturales, determinó la posibilidad o imposibilidad, del establecimiento de los españoles: la hostilidad de los charrúas desviaba la marcha de los conquistadores hacia la costa sur del Río de la Plata y después  de 1600, hacia la tierra habitada por los semicivilizados guaraníes; en las proximidades de Asunción; los hostiles guaycurúes evitaron que los españoles pudieran ocupar el Chaco y que establecieran la codiciada ruta que vinculara a las poblaciones establecidas en el Río de la Plata y en el Perú. Contradictoriamente, fueron los civiliza- dos aborígenes andinos, los que a pesar de ser feroces guerreros, fueron los que suministraron su capacitada mano de obra, que les permitió establecer prósperas poblaciones en el norte y el noreste hoy . Durante el siglo XVII, tanto las poblaciones aborígenes, como la española fue escasa, permaneciendo en pueblos muy separados entre sí y a veces, totalmente aislados, a pesar de lo cual, lograron sobrevivir y mezclaron su sangre y estilos de vida”.

HAREMOS A CONTINUACIÓN UN BREVE RESUMEN DE LAS CARACTERÍSTICAS QUE IDENTIFICABAN A ALGUNOS DE ESTOS PUEBLOS Y SU UBICACIÓN EN EL MAPA TERRITORIAL DE LA REPÚBLICA ARGENTINA:

OMAGUACAS
Los “omaguacas” (palabra que significaría “cabeza de tesoro” o “jefe sagrado”), o “humahuacas”, eran un conjunto de pueblos indígenas cuyos descendientes mixogenizados habitan la zona de Tilcara y Humahuaca en la provincia argentina de Jujuy, principalmente en la Quebrada de Humahuaca. Durante el período pre-hispánico, la región omaguaca o humahuaca comprendía la vasta zona comprendida entre los afluentes y ríos de las cuencas de los ríos Grande, Lavayén y San Francisco (en la provincia de Jujuy), el Zenta, Iruya y Bermejo (en la provincia de Salta) y el Tarija y el Bermejo (en el departamento deTarija, en Bolivia) y coincidía con la denominada “cultura humahuaca). La ubicación estratégica de los “Omaguacas” (en la Quebrada de Humauaca”), hizo de los omaguacas un pueblo militarmente preparado. Construyeron importantes fortificaciones de piedra, desde los cuales combatían utilizando arcos, flechas, mazas de piedra y boleadoras. Tanto incas como españoles experimentaron en su momento la resistencia omaguaca. Recordemos que como los territorios que habitaban eran de paso obligado de caravanas y migraciones, recibieron todo tipo de influencias, incluyendo la del Imperio Inca, que en el siglo XIV, aliado con a los “aimaráes”, invadió los territorios omaguacas y se asentó en las estratégicas ciudades omaguacas, como Tilcara (por este motivo todo lo que ha llegado de ellos hasta nuestros días está fuertemente influenciado por la cultura quechua). Más tarde, cuando llegaron los españoles, debieron defender vigorosamente su territorio, pues como estos eran el obligado paso hacia el rico imperio incaico y las presuntas riquezas que allí aguardaban a quien las deseara, los españoles pugnaron insistentemente por poseerlos. Bravos guerreros, se dice que sus rivales les tenían pánico, ya que cortaban las cabezas de sus enemigos y las colocaban como adorno y advertencia. Fueron famosas en aquellas circunstancias, las embestidas que los “omaguacas” bajo el mando del “curaca” de Purmamamarca”, VILTIPO, llevaron contra ellos. Eran de baja estatura (no superaban el metro sesenta), fornidos y de piel oscura. Vestían camisas que llegaban a las rodillas en los hombres y llegaba al tobillo en las mujeres. Se abrigaban con ponchos y mantas tejidos con lana de vicuña o llama, teñidos con vivos colores y adornados con dibujos geométricos y atados a la cintura con cinturones de cuero. Calzaban ojotas, hechas con cuero crudo de llama, que ataban con tientos del mismo material. Usaban como adornos, collares, anillos, brazaletes y pectorales, hechos en metal o en lapislázuli y malaquita. Se han encontrado instrumentos musicales, como flautas, cornetas y cascabeles. A pesar de sus semejanzas con los diaguitas, tenían características culturales propias. Las diferentes parcialidades estaban a cargo de un cacique y todas ellas a su vez respondían al cacique general de los omaguacas. El cacique además de ser el jefe político – militar, también tenía carácter religioso. La deformación ritual era una costumbre generalizada y consideraban que la deformación del cráneo era propicia a los dioses y que los jerarquizaba y los embellecía. Para ello, especialmente a las niñas, desde  pequeñas, se las sometían a una cruel y progresiva presión con maderas sobre los huesos frontal y occipital, hasta lograr un cráneo tipo “tabular oblicuo”.  Eran sedentarios y avezados agricultores. Como sus vecinos, los diaguitas y los calchaquíes, labraba en las laderas de las montañas, unas terrazas que les permitían hacer sus cultivos, especialmente de papa, de maíz y de quinoa, que regaban por medio de canales hábilmente diseñados para evitar el derrame y la consiguiente y perjudicial erosión de la tierra. Muestra de la preocupación que tenían acerca de esta cuestión, es que roturaban la tierra con un arado puntual y manual de madera, llamado “chakitaklia”, mediante el cual, con un simple golpe sobre la tierra y dándole una inclinación correcta, lograban una exitosa siembra de las semillas, conservando intacto el resto del suelo. Cazaban y criaban domésticamente llamas, guanacos y avestruces, para aprovechar, además de su carne, los cueros, la lana y las plumas que utilizaban para hacer sus vestidos y sus adornos. Complementaban su dieta alimenticia, recolectando algarroba y moliendo los granos en morteros de piedra para hacer harina.  Construían sus viviendas en forma cuadrangular con piedras que tallaban para no usar argamasa y lograr un cierre perfecto. Sus techos, a un agua, eran de paja mezclada con barro. No tenían ventanas y la única abertura era una estrecha puerta de entrada. Aunque se han encontrado algunos restos de esas viviendas en cercanías de los cultivos, se sabe que las construían agrupadas unas con otras, y que con los corrales para el ganado, el cementerio y una especie de salón comunal (quizás para las ceremonias), rodeaban con un muro de piedra. Eran hábiles tejedores  y alfareros. Conocían la cestería y producían una cerámica de inferior calidad, con piezas casi siempre pintadas con un fondo rojo con decoraciones en negro. Aunque las formas eran mayormente pequeñas (cantaritos, ollitas y vasijas), elaboraban grandes cántaros de forma redonda y los llamados “vasos timbales” con reminiscencias de la cultura de Tihuanaco, profusamente decorados con caracteres geométricos. Practicaban una metalurgia rudimentaria. Trabajaban el oro, la plata para hacer sus adornos y el cobre con el que hacían sus armas y algunos útiles de labranza. Avezados comerciantes y poseedores de numerosos rebaños de llamas, transportaban sal que cambiaban por cerámicas del área diaguita y peruana y por mariscos que les llegaban del Pacífico. Grandes consumidores de coca, ésta le era traída desde Bolivia y no sólo la consumían sino que para que lo acompañaran en su viaje final, colocaban hojas de coca junto a sus muertos, antes de proceder al enterramiento, generalmente hecho en el interior de las viviendas, aunque hubo enterramientos en urnas, pero sólo cuando se trataba de niños. No hay registro concreto sobre la lengua de los omaguacas. Algunos autores sostienen era el “aymará”, otros una lengua afín a los “chicha” del sur de Bolivia, y hay quienes opinan que tenían una lengua particular. Lo que parece ser cierto es que grupos “mitimaes” introdujeron la lengua quechua entre ellos y poco después de la llegada de los españoles, la lengua original omaguaca, fue definitivamente reemplazada por ésta.

ATACAMAS
También llamados “apatamas”, “alpatanas” o “lickan-antay” (en su idioma original,  que se traduce aproximadamente como “los habitantes del territorio”), los “Atacamas”, son una etnia indígena originaria de Sudamérica que habitó en el desierto de Atacama (norte de Chile y Argentina y sur de Bolivia), en proximidades del río “Loa” (en el norte de Chile) hasta “Copiapó”, ocupando también las quebradas y valles de este desierto y los faldeos de la Cordillera de los Andes incluyendo toda la Puna de Atacama. Cuando en 1536 DIEGO DE ALMAGRO llegó a esta región, los “Atacamas” eran unos 4.000 y hoy ya casi han desaparecido en su totalidad, salvo unos pocos descendientes de aquellos, que mantienen vivas sus tradiciones, con sus tejidos y orfebrería. Su idioma era el “kunza”, ya extinto desde principios del siglo XX. Sólo se conserva el recuerdo de él, en algunas canciones que aún se cantan en esas tierras, aunque sin saber qué es lo que significan. Algunos de los nombres que usaban los “Atacamas” originarios, han quedado transformados en topónimos, decididos a que por lo menos algo de ellos, quede en el recuerdo de quienes los sucedimos.  En la geografía de la actual República Argentina, los “Atacamas” ocuparon los territorios de la ya desaparecida Gobernación de los Andes y de las actuales provincias de Jujuy, Salta y Catamarca. Vivían en pequeñas habitaciones rectangulares construidas con piedras, techo de paja y barro a un agua, a la que ingresaban utilizando escaleras de mano hechas con troncos finos de árbol. Varias de ellas formaban un poblado que incluía también la instalación de una construcción mayor, que empleaban para realizar allí sus ceremonias y reuniones rituales. Todo este conjunto era protegido mediante gruesos murallones construidos con rocas, constituyendo verdaderos fuertes (conocidos como “pucaráes”). Se deformaban el cráneo y se perforaban y afilaban los dientes, como una expresión de belleza. Vestían una corta túnica y gorros polícromos con orejeras, tejidos y decorados con dibujos geométricos. Se abrigaban con ponchos y mantas tejidas con lana de llama y se calzaban con “ojotas” de cuero o de paja trenzada. Usaban collares de piedrecillas y caracoles, vincha con la que sujetaban su abundante y negra cabellera y prendedores hechos con espinas y productos vegetales. Criaban llamas, alpacas  y guanacos en domesticidad, para consumir su carne, tejer con su lana y usarlos como medio de carga y transporte. Cultivaban la tierra y para ello sembraban en las laderas de los cerros, cavando en ellos largas terrazas que regaban mediante un ingenioso sistema de irrigación por canaletas. El abundante riego que así lograban (a pesar de la escasez de agua que es característica de ese desierto), más el abono con el que enriquecían esas tierras, trayendo a lomo de llamas el estiércol producido por las aves que habitaban en la costa, les permitía lograr no sólo excelentes cosechas de variadas verduras, calabazas, maíz, porotos, ají, higos de tuna, papas, tabaco (muy usado en sus ceremonias rituales) y quinoa, sino que también, así evitaban la erosión y la desfertilización de los terrenos de cultivo. Los excedentes de su producción los guardaban en cuevas que cavaban en la ladera de los cerros y que luego tapiaban con piedras, barro y paja, para ser usados en épocas de escasez. La sal era uno de sus más importantes recursos ya que con ella producían el “charquí” (carne seca y salada que se conserva durante largo tiempo) que comerciaban haciendo operaciones de  trueque por las cerámicas del área diaguita y peruana y por pescados y mariscos del Pacífico, a través de la puna chilena. Fueron hábiles artesanos y han llegado a nuestros días, muestras de algunas de las herramientas, enseres de cocina y armas que fabricaban con madera, piedra o caparazones de crustáceos. Desarrollaron también una importante artesanía en cerámica y, además, fueron el primer pueblo que comenzó a utilizar el mineral de cobre que extraían de Chuquicamata y el oro de Inca Huasi para hacer sus adornos. La industria del labrado de la madera estaba muy desarrollada y son famosas las “tablillas de ofrendas” que utilizaban para aspirar rapé, práctica a la que eran muy aficionados, por su necesidad de compensar la falta de oxígeno típico de las alturas que habitaban. Eran politeístas y creían que sus dioses habitaban en las cumbres del Volcán Licancabur que domina la región con su imponente altura. Creían también en la vida después de la muerte, y muestra de ello es que colocaban a sus difuntos con todas sus pertenencias en grutas naturales que cerraban con piedras y practicaban sacrificios humanos, dato éste que fue corroborado cuando en 1903, se encontraron en Salinas Grandes, los restos de un niño ricamente vestido y enjoyado, con un cordel fuertemente anudado rodeando su cuello, lo que sin duda había provocado  su muerte por estrangulamiento. Juríes: Término utilizado por los escritores antigüos para referirse a los territorios de la región que abarcaban tierras hoy ocupadas por las provincias del Chaco y Santiago del Estero

Chaguangos
Familia perteneciente a la nación de los “Atacamas” que habitaba en proximidades de la Laguna de Pozuelos (Jujuy). Eran pastores de llamas y también cultivaban la tierra, valiéndose de palas y azadones de piedra. Sus excedentes los cambiaban por sal  y carne con los pueblos vecinos. Vivían en casas de piedra unidas sin argamasa que construían en conglomerados separados por tortuosas callejuelas. Tallaban la madera y así hacían cucharones, tabletas para moler “paricá” (hierbas que molidas constituyen un poderoso estimulante de los sentidos, para uso ritual o medicinal), horquetas para sujetar la carga que transportaban en el lomo de las llamas y torteras. Tejían con lana de llamas sus vestidos que consistían en una camisa  ceñida a la cintura con una faja y manto con decoraciones geométricas, bolsita también tejida para llevar “sus yuyos” y gorro con orejeras. Sus armas eran un arco de un metro de largo y flechas con punta de piedra.

Chichas
Familia perteneciente a la nación de los “Atacamas” que habitaban al norte de la provincia argentina de Jujuy, en los valles y el altiplano correspondiente al actual sur y suroeste de Bolivia. 00Los chichas fueron conquistados por los incas en tiempos de TUPAC YUPANQUI hacia 1478, tras lo cual, se cree que algunos chichas fueron trasladados como “mitimaes” (1) a repoblar territorios que actualmente ocupa la República del Ecuador, luego de haber logrado entrar en Quito.  Otros grupos chichas fueron enviados también como “mitimaes” a territorios que hoy son parte de Argentina, como la Puna de Atacama, los valles calchaquíes y la Quebrada de Humahuaca. Estos mitimaes sirvieron como fuerza de trabajo y como barrera contra pueblos belicosos del Gran Chaco, entre ellos los “chiriguanos”  (1) Grupos de indígenas que enviaba el imperio inca a determinado sitio estratégico para cumplir funciones a su servicio; podían cultivar la tierra, defender las fronteras o realizar cualquier otra tarea; la elección por parte de las autoridades podía suponer una distinción o un castigo para el elegido

Lules y VilelasLos “Lules” y los “Vilelas”, pertenecientes a la nación de los “Atacamas”, constituían dos grupos pequeños y separados de aborígenes nómades, cultural y regionalmente relacionados, aunque hablaban lenguas diferentes. Habitaban la región nordeste de la provincia argentina llamada Tucumán ya antes de la conquista  y fueron vistos por primera vez, por los españoles que en 1536 acompañaban a DIEGO DE ALMAGRO a Chile y fue éste quien los llamó “lules” debido a su extraordinaria altura y delgadez, lo cual a los españoles, les recordaba a los avestruces. Vivían de la caza del pecarí (cerdo salva je), acumulaban fruta silvestre y miel y excavaban la tierra para extraer raíces. Utilizaban el arco y la flecha, la macana (una especie de porra hecha con un trozo de madera dura) y dardos envenenados. Elaboraban una bebida alcohólica hecha con miel y el fruto del algarrobo. Estos pueblos fueron casi los únicos que construían depósitos o cisternas para recoger y almacenar agua, este precioso elemento que traían las lluvias que caía en sus tierras resecas. Atacaron vigorosamente a los primeros asentamientos españoles formados en su territorio, pero finalmente se retiraron hacia regiones más remotas, aún no ocupadas por los españoles. Cuando los jesuitas trataron de introducirlos en las reducciones misioneras a comienzos del siglo XVIII, muchos de ellos huyeron hasta que allá por el año 1750, los lules-vilelas, nunca numerosos, habían desaparecido, excepto unos pocos que se hallaron individualmente deambulando por el Chaco.

Quichuas o Quechuas
Este nombre que en lengua quechua quiere decir “Tierra templada”, identifica a un pueblo que era el núcleo del Imperio Incaico y que en la época de la colonización del Perú, ocupaba la región que se extiende al norte y al oeste de Cuzco y que luego fueron diseminándose y formaron poblados que ocuparon los valles y amplias mesetas de la región andina. Los quechuas son el único pueblo de origen incaico que emigró al Sur a lo largo de los valles y la cadena montañosa de los Andes y al Este, hacia la selva de la cuenca Amazónica. Esta temprana divergencia en sus trayectorias migratorias creó distintas culturas e identidades quechua: de montaña y de selva. Llegaron a las tierras que hoy ocupa la República Argentina, alrededor del siglo XVI y se afincaron en la zona oeste de las actuales provincias de Salta y Jujuy. Actualmente, con una población de aproximadamente 2.5 millones de individuos, los quechua son hoy en día el grupo de aborígenes Sudamericanos más numeroso de toda América. Los matrimonios mixtos con los españoles tuvieron lugar desde el principio, creando “mestizos”, quienes se cuentan virtualmente como un grupo étnico diferente. La Encuesta Complementaria de Pueblos Indígenas (ECPI) 2004-2005, complementaria del Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas 2001 de Argentina, dio como resultado que se reconocieron y/o descienden en primera generación del pueblo quechua 175.561 personas en las provincias de Jujuy, Salta y Tucumán.

Antes de la llegada de los españoles, los quechuas eran pre-alfabetizados, pero no tenían una verdadera y propia escritura. Sin embargo, desarrollaron un sistema interesante de registro de eventos y de escritura por medio de nudos en un cordón llamado “quipus”. La lengua “quechua” hablada al principio solamente por ellos, pronto se difundió alcanzando una extensión que abarcaba Ecuador, Perú, Bolivia y el noroeste de la Argentina, desplazando a otras lenguas como el “aymará”, el “palta” y el “cañarí” , logrando más difusión aún, al ser empleada por los misioneros jesuitas para predicar el Evangelio. Rendían culto a la “Pachamama” (Madre Tierra), una de las divinidades andinas a la que se la vincula con la fertilidad agrícola, aunque se le asigna una íntima relación con otros espíritus multiplicadores de los animales (illa) y de las plantas (ispalla) e incluso del mineral (mama). También se la consideraba un espíritu tutelar y se dice que cada comunidad, cada “sayaña” (parcela individual de cada familia; el lugar donde vivían, donde criaban sus animales) y hasta cada chacra tiene su “pachamama” protectora; una divinidad que es también universal y está en cualquier parte. Por todo lo dicho hasta aquí, se comprende que muchos consideraran que ella era el principal espíritu de este mundo. Después de la llegada de los españoles y como resultado de la tarea evangelizadora de los jesuitas, prácticamente la mayoría de esta etnia, abrazó la fe católica, aunque las formas religiosas tradicionales persisten en muchas regiones, mezcladas con elementos cristianos. Es así que mantuvo vigente una de las creencias de mayor arraigo entre esas comunidades: el culto a la Madre Tierra (La Pachamama), que otorga fertilidad a quienes regularmente le hacen ofrendas quemadas y libaciones. También son importantes los espíritus de montaña (los “apu”), así como deidades locales menores que todavía son venerados especialmente en el sur de Perú.  Mientras el Catolicismo Romano está hoy en día extendido después de los esfuerzos de los misioneros (sobre todo españoles), tradiciones paganas y animistas, actualmente  conviven felizmente junto a él pues los quechuas modernos tratan de estar bien con los dos universos, el de arriba y el de abajo, para lo que se sirven de las ofrendas que generalmente van dirigidas a la Pachamama, y a lo que ella representa: fecundidad, buena cosecha y prosperidad. Los antigüos “quechuas” descubrieron las propiedades curativas de la “quinina”, que se encuentra naturalmente en la corteza del árbol llamado “cinchona”, y la utilizaban para tratar a los enfermos de malaria (o paludismo), lo mismo que pasó con las hojas de coca, que masticaban sin saber que la coca actúa como un suave estimulante y suprime el hambre, la sed, el dolor y la fatigan y que también se utiliza para aliviar “la enfermedad de las alturas”, conocida como “apunamiento”, debido  los bajos niveles de oxígeno que tiene el aire a cierta altura por sobre el nivel del mar. Los pueblos “quichuas” que se asentaron en Salta y Jujuy, como todos los descendientes de la civilización inca, utilizaban la técnica de regadío de la seca estepa montañosa mediante un complicado sistema de canales y terrazas y gracias al manejo de estas tecnologías consiguieron cosechas excepcionales de nuevas especies vegetales, maíz, papa y quinoa. Criaban ganado ovino, porcino, caprino y bovino y también aves de corral y llamas en domesticidad. Ya en el año 500 a de J.C. los quichuas habían domesticado la llama. El estiércol de llama se utilizaba como fertilizante y como combustible para las hogueras. Pero la llama, fue por sobre todo, utilizada como animal de carga. Tejían utilizando fibras vegetales de algodón o animal (lana de alpaca o vicuña) y las teñían con tintas que obtenían de vegetales o minerales. Se relacionaban con los pobladores de las zonas agrícolas de los valles, para comerciar el excedente de sus productos, mediante el sistema del “trueque”, ofreciendo productos de ganadería transformados por la artesanía textil, carne seca, sebo, cueros y en algunas oportunidades lana, prefiriendo recibir en cambio productos alimenticios (especialmente verduras), que les eran necesarios y que estaban ausentes en sus territorios. La indumentaria del hombre era muy sencilla: vestían pantalón a media pierna, camisa de mangas largas, poncho de lana corto tejido a mano. Casi todo hombre y niño quechua tenía su poncho (ch’ullu), generalmente de color rojo, decorado con diseños intrincados y cada distrito tenía un patrón distintivo. El primer “ch’ullu” que un niño recibía, era tradicionalmente hecho a punto por su padre. Completaban su atuendo con un sombrero de paño, del que sobresale la gruesa trenza con la que atan sus abundante largo y renegrido pelo que los caracteriza o un gorro tejido con orejeras y ojotas de cuero.  Para trabajar en los cultivos y en los corrales, solían usar un cinturón tejido llamado “chumpi” que les proporcionaba  protección a la espalda baja, cuando realizaban tareas que requerían mucho esfuerzo y desde la antigüedad, los hombres han usado pequeñas bolsas tejidas llamadas “ch’uspa”, que eran  usadas para llevar sus hojas de coca. Las mujeres en cambio, lucían coloridas vestimentas: Una larga camisa de lienzo blanco, adornada con bordados de motivos florales multicolores hecho a mano a la altura del pecho, la espalda y las hombreras, con anchos encajes en el escote y en las mangas y dos anacos de paño (1), que se complementaban con una serie de “gualcas” (collares dorados) , manillas (pulseras de coral,  anillos y aretes donde resaltan piedras de colores , una “fachalina” (capa que se lleva sobre los hombros), un rebozo de paño de colores fucsia o turquesa, cintas en el cabello trenzado,  ojotas de cuero y el típico sombrero de copa redonda tipo “bombín”

(1). Son dos piezas de tela rectangular que a modo de falda se ceñía a la cintura y que cubren hasta las rodillas. Uno era blanco y el otro azul marino o negro. Se cubrían con una tela más ancha de color rojo llamada “mama chumbí” y el conjunto era sujetado con una faja o de 2,70 a 3,30 metros de largo y de 3,5 a 4,5 centímetros de ancho.

Sanavirones
Vivían en los territorios que hoy ocupan las provincias argentinas de Santiago del Estero y Córdoba, compartiendo el lugar con los “Comechingones” y las tupidas barbas que usaban, los distinguía de las demás tribus. Formaban pequeños poblados independientes y hablaban la lengua “quichua” además de las suyas propias. Fueron los que más fácil y rápidamente aprendieron y abrazaron la doctrina cristiana que les enseñaron los sacerdotes jesuitas. Recolectaban frutos del algarrobo y el chañar y cultivaban el maíz y la quinoa. Cazaban guanacos, ciervos y liebres, pescaban  y criaban en domesticidad rebaños de “llamas”, con cuya lana tejían sus vestidos y mantas.. Construían sus viviendas cavando la tierra hasta que quedaban cuatro costados que cubrían con troncos, ramas y otros elementos vegetales y techaban con paja. Solían rodear sus poblados con cercos espinosos, como protección contra ataques de tribus enemigas. Conocían la cerámica, el hilado y el tejido. Usaban como armas el arco y las flechas y la macana (garrote de madera dura). Enterraban a sus muertos en urnas o tinajas de barro cocido. Su extinción comenzó con la llegada de los españoles a la región, alrededor de 1573.

Tonocotés
Tribu aborigen de ascendencia “brasílida” que habitaba en las llanuras de la actual provincia argentina de Santiago del Estero, bañadas por los ríos Salado y Dulce. Agricultores influídos por las culturas andinas, cultivaban el maíz, la calabaza, la mandioca, los porotos  y la papa. Solían fijar su asentamiento allí, donde las condiciones del terreno les permitían desarrollar su modo peculiar de vida. Eran cazadores y pescadores; criaban llamas domésticamente y recogían los frutos del algarrobo y del chañar. Tuvieron su propia lengua y conocían el hilado, el tejido. Eran expertos en cerámica polícroma y en la alfarería, arte que alcanzaba su máxima expresión en las urnas funerarias, que eran decoradas con dibujos en negro y rojo sobre un fondo blanco, trabajos que según una teoría de los investigadores, hermanos Wagner, demuestra la existencia de una cultura “chaco-santiagueña original”. ´Los “tonocotes” vivían en chozas redondas de paja y cercaban sus aldeas con empalizadas de madera. Usaban el arco y las flechas (cuyas puntas solían envenenar) y la “macana”. Vestían delantales de plumas de ñandú o de tela tejida  y mantas adornadas con “chaquiras” de hueso. Tenían hechiceros con cuya mediación adoraban a una divinidad que llamaban “Cachanchic” a la que le ofrecían como tributo, aves, frutas y licores hechos con algarrobo o maíz. Se destacaron por su alfarería que lucía bellamente decorada. Inhumaban a sus muertos en la tierra hasta que se descarnaban y después, en una segunda inhumación, guardaban los restos en urnas de barro que enterraban en cercanías de sus viviendas al pie de elevaciones del terreno, que construían si no las había

Tumbayas
Comunidad aborigen de la nación “quechua” que a la llegada de los conquistadores españoles, habitaba  en el territorio que hoy ocupa la provincia argentina de Jujuy.

DIAGUITAS
Era una Nación que tenía su asiento en una extensa región que comprendía las actuales provincias de Jujuy, Salta, Tucumán y parte de Santiago del Estero, Catamarca, La Rioja y San Juan hasta Calingasta. Fueron pueblos de vida sedentaria que desarrollaron una cultura de agricultores superiores y hasta construyeron andenes de cultivo con acequias para un mejor riego. Eran  notables alfareros, tejedores y especialistas en la fundición y labrado del cobre, bronce, oro y plata. Construían sus viviendas apilando piedras sin argamasa, con techos de paja y barro y para refugiarse en caso de ataques, construían fortificaciones en las colinas (llamadas “pucarás”). En la organización social regía el “levirato” (al morir un integrante de la tribu, su viuda pasaba a ser esposa de uno de los hermanos del muerto) y eran polígamos.  Aunque su lengua era la “canana”, (o cacá), también hablaban la quichua. Adoraban al Sol, como los del antigüo imperio Inca y tenían muchos usos y costumbres propias de los aborígenes del Perú. Eran labradores muy hábiles construyendo sistemas de irrigación para regar sus sembradíos en los valles y en las laderas de las montañas. Los españoles llamaron “Tolombón” a los aborígenes pertenecientes a alguna de las tribus diaguitas.

Calchaquíes
Vivían en los valles andinos de Salta, Tucumán, Catamarca y La Rioja. Durante más de 100 años se opusieron al avance de los españoles, pero terminaron siendo diezmados y se extinguieron definitivamente hacia el siglo XVIII. Conocían las técnicas agrícolas y cultivaban  el maíz construyendo terrazas escalonadas en la falta de los ceros. Criaban domésticamente llamas, guanacos y vicuñas, aprovechando su carne para alimentarse y su lana para tejer sus vestidos. Fabricaban vasijas y platos, ya que era excelentes ceramistas y decoraban con buen gusto sus trabajos. Trabajaban el oro, la plata y el cobre y con ellos hacían hermosas piezas y joyas con las que se adornaban, tanto los hombres como las mujeres. Fueron sin duda, con los “Diaguitas” los aborígenes de cultura m´ñas elevada entre todos los que habitaron el territorio argentino

Capayanes
Su nombre deriva de la palabra quechua “qapaq-ñan” que podría traducirse como “camino principal”, también llamado “Camino del Inca”, luego de que los territorios que ocupaban fueran invadidos por los incas en 1480, debido a que esos territorios, eran un punto de confluencia de todos los caminos que conectaban los pueblos del Imperio. Hoy, totalmente extinguidos, se sabe que habitaron en el noroeste argentino, entre el extremo norte de Cuyo y el extremo noroeste de la región de las “Sierras Pampeanas” (provincias de La Rioja, Catamarca y San Juan), ocupando los fértiles valles de Famatina, Sanagasta, Yacampis, Guadacol y Jáchal. Lindaban al norte con los diaguitas y al sur con los huarpes y hablaban una lengua derivada del “kakán”, idioma de los “diaguitas”. Hilaban y tejían la lana del guanaco y de las llamas, ganado que criaban domésticamente para consumir también su carne y utilizar sus cueros. Trabajaban el el cobre y el oro, metales con los que confeccionaban sus adornos y herramientas rituales. Hábiles agricultores construyeron canales y acequias para asegurar el riego de sus cultivos de papa, maíz, quinoa y zapallo principalmente. Dominaron el arte de la cerámica y fabricaban principalmente urnas funerarias a las que decoraban con figuras geométricas utilizando tinturas vegetales de color rojo, blanco y negro (estilo “Sanagasta” o “Angualasto”). Sus viviendas eran de barro y paja triturada (una mezcla que se conoció como “adobe”) con techo de paja, que construían debajo de grandes árboles, para que les sirviera de protección contra la lluvia. Hacia 1480 los Incas invadieron la región que ocupaban los diaguitas y la incorporaron a su imperio, constituyendo lo que se llamó “el Tahuantinsuyu”. A partir de 1607 esos territorios ya estaban bajo el control y el dominio de los españoles y los “capayanes” comenzaron a dispersarse. En 1632 participaron del levantamiento general que llevaron adelante los olongastas y demás familias diaguitas contra los españoles y luego de ser vencidos, fueron incorporados a las encomiendas y el pueblo terminó por desaparecer hacia fines del siglo XVIII.

Quilmes
En el año 1536, cuando los conquistadores españoles llegaron a los Valles Calchaquíes, los “Quilmes”, una familia de los “diaguitas”, ocupaban 40.000 hectáreas sobre las Sierras del Cajón, en el noroeste de Tucumán. Era un señorío con 11 aldeas y bases militares, que el imperio inca controlaba desde el año 1471. Por eso hablaban en quechua y adoraban al Sol.

La palabra Quilmes significa “pueblo de las sierras”. Vivían en el valle del río Yocavil o Santa María, en lo que hoy es el departamento tucumano de Tafí del Valle. Actualmente, a unos 180 kilómetros de San Miguel de Tucumán y sobre las faldas del Cerro del Rey, pueden verse los restos de la “Ciudad Sagrada de los Quilmes”. Era un asentamiento militar y también una ciudad donde vivían al menos 10.000 personas, con construcciones comunitarias de piedra, explanadas, escaleras, diques, terrazas de cultivo en las sierras, corrales para el ganado y silos para almacenar las cosechas. El alto nivel tecnológico de los “Quilmes” y su estratificación social (había sacerdotes, agricultores, guerreros, artesanos), puede comprobarse estudiando las cerámicas, la cestería y los tejidos que fabricaban. Ritualmente, enterraban a sus niños en urnas funerarias decoradas. Durante más de un siglo resistieron a los españoles, hasta que en 1666 fueron definitivamente vencidos por ALONSO MERCADO Y VILLACORTA, gobernador español de Tucumán. Deportados a sitios lejanos por decisión de los españoles, un pequeño grupo de 200 familias encabezadas por el cacique MARTÍN IQUIN llegó así a la ribera de lo que hoy es Quilmes, dando comienzo así a la historia de esta pujante localidad de la provincia de Buenos Aires..

Ya llegado el siglo XIX se decía que los Quilmes habían desaparecido totalmente y hasta el Primer Triunvirato lo creía así, pues el 14 de agosto de 1812, mediante un decreto declaró al “pueblo de los Quilmes”, territorio libre para el asentamiento de europeos”, alegando que ya no había “indios” en ese lugar. Documentos hallados luego en ámbitos eclesiásticos, demuestran que eso no era cierto: hay registros donde consta que en 1802 y 1806 nacieron 100 niños en “la nación Quilmes”, constituída en esa época por 30 familias de esa etnia.

GUARPES O HUARPES
Nación de origen andino, cuyos componentes, a mediados del siglo XVI  vivían en un área al pie de la Cordillera de los Andes, cerca de las lagunas de Guanacache, en el norte de la provincia de Mendoza, el sur de San Juan y según algunos especialistas hasta el norte de la provincia de San Luis. El jesuita español ALFONSO DE OVALLE, los describió como delgados y altos; de fuerte complexión aunque delgados y enjutos y de piel muy oscura y que corrían con gran velocidad y resistencia. Usaban el cabello largo adornado con plumas. Se pintaban el rostro en ocasiones de ceremonias con líquidos vegetales. Vestían una “camiseta andina” y se cubrían con mantas y ponchos tejidos con lana de llama o alpaca. Conocían la cerámica rayada, grabada en bajo relieve y la cerámica policromada. Cuando llegaron los españoles, ya hacían vida sedentaria. Construían sus viviendas ocupando cada familia “una tierra” (así era llamado el sector que ocupaba cada familia huarpe, incluyendo su vivienda, corrales, y cultivos) constituyendo pequeñas agrupaciones que  estaban separadas unas de otras hasta por unos 20 kilómetros. La tierra que cada grupo habitaba y explotaba era propiedad del cacique. Los caciques podían vender, donar e incluso alquilar las tierras, lo que implica la propiedad o titularidad de las mismas que, como el cacicazgo en sí, era hereditaria. La propiedad del terreno por parte del cacique incluía también el derecho al uso del sistema de irrigación, es decir, de las acequias que se construían para regar los cultivos, así como los vegetales que en él se encontraban y que posibilitaban la recolección de frutos, especialmente referido a los bosques de algarrobos o”algarrobales”. Criaban llamas en cautiverio para utilizarlas para el transporte de cargas, pero también consumían su carne, utilizaban el cuero para hacer sus vestidos y calzados, su lana para tejer. Recolectaban frutos de la tierra, en especial drupas de chañar y la algarroba, con la que preparaban el “patay” (una especie de pan) y la “chicha” y la “aloja”, fuertes bebidas espirituosas. La importancia de la recolección de las vainas de algarrobo en la economía huarpe está evidenciada por la existencia, dentro de las tierras de los valles centrales, de bosques llamados hoy “algarrobales”. Cultivaban la tierra, sembrando papas, porotos, zapallo, calabaza, yerba mate y posiblemente ají y quinoa. Usaban una larga lanza con punta de piedra que tallaban, arcos y flechas, hondas y boleadoras y con estas armas guerreaban y cazaba guanacos y ñandúes al pie de la cordillera, patos, perdices y “quirquinchos”.  ALONSO DE OVALLE observó el método huarpe para cazar y lo dejó asentado en una serie de relatos donde dijo: “…: seguían al animal trotando constantemente durante 2 o 3 días (casi sin beber ni comer) al cabo de los cuales el animal, agotado, nada podía hacer para evitar su captura”. Pescaban con lanza con la que arponeaban a los peces y para cazar patos vaciaban una calabaza y con la cabeza introducida en ella, se metían en el agua. Sumergidos, se acercaban silenciosamente así ocultos a los patos y los agarraban por las patas, sin hacer ruido. Pescaban empleando balsas que hacían mediante una antigüa factura que consistía en reunir varios haces de tallos de juncos o totoras,  fuertemente ligados entre sí,  para lograr una larga embarcación con rebordes que impulsaban con una pértiga que manejaban parados en su parte posterior. Grandes rastreadores, comían langostas que tostaban. Eran hábiles tejedores y con una especie de paja tejían vasos y vasijas con una textura tan apretada que los hacía impermeables y  les servían para beber y para cargar agua. Habitaban en chozas de quincha y tenían hornos de barro para su cocina. (Recomendamos acudir a la página “pueblosoriginarios.com”, donde se hallará una excelente material referido a la nación “Huarpe”, con datos de sumo interés sobre organización social, economía, etc.)

COMECHINGONES
Pueblo o Nación “huarpe” que habitaba en las sierras de la provincia argentina de Córdoba. El nombre con el que se los conoce no es el que ellos se daban, sino que era como los llamaban sus vecinos “los sanavirones” que al parecer, se referían así, a que vivían en cuevas. Hasta el siglo XVI esos territorios eran llamados “la provincia de los comechingones” y según datos de la época, hacia 1573 había allí unas 600 aldehuelas  con una población total de 30.000 indígenas, que formaban aproximadamente quince familias dispersas por Ischilín, Ongamira, Cruz del Eje, Cosquín, Punilla, Quisquisacate, Salsacate, Calamuchita, Conlara, etc.. Vivían en cuevas y poseían una economía semi-agrícola, razón por la cual, fueron fácilmente absorbidos por los españoles, para desarrollar actividades laborales como la cría de ovejas y mulas, la tejeduría y el cultivo de la tierra. Eran hábiles alfareros y fabricantes de instrumentos y otros productos de piedra

DEL CHACO AUSTRAL
Este grupo de aborígenes de origen pámpido-patagónico, hacia fines del siglo XVI ocupó la región del “Gran Chaco”, en territorios de Argentina, Bolivia, Paraguay y Brasil, que van desde los ríos Paraná y Paraguay hasta los primeros faldeos de la Cordillera de Los Andes y desde el río Pilcomayo hasta el río Salado. Se denomina “Chaco Austral”, por oposición al “Chaco Boreal” o paraguayo y su nombre proviene del quichua, donde chaco significa “cacería” o “lugar propicio para la caza”. En la República Argentina se instalaron en el norte del Chaco, provincia de Formosa, norte de Santa Fe, noreste de Santiago del Estero y parte oriental de Salta. Pertenecían a él dos grandes familias: los “guaycurúes” y los “matacos”.

 Guaycurúes (o guaykurúes)
Ocupaban el sur de estos territorios, mientras que la otra gran nación, los “Matacos”, poblaban el norte, lindando ya con la actual Bolivia Estaba integrada por los ”abipones”, “agaces”, “caingás” y los “tobas” como familias principales. Sus lenguas, aunque particulares a cada grupo, eran mayormente muy afines entre sí. Se estima que al llegar los españoles a América, habitaban estas tierras cerca de 150.000 guaycurúes. El nombre de guaicurúes tuvo su origen en el apelativo ofensivo dado por los “guaraníes”a una parte de los “mbayaes” del Paraguay, que después se amplió a todo el conjunto y aun hoy, entre los guaraní-parlantes, la palabra “guaykurú”, tiene un significado que se traduce aproximadamente por “bárbaro” o “salvaje” y pese al origen insultante de la palabra guaicurú entre los guaraníes, los antropólogos de principios del siglo XX y sobre todo los lingüistas, han conservado este término para clasificar a los pámpidos chaquenses y septentrionales. Eran de hábitos nómades que se dedicaban fundamentalmente a la caza de pecaríes, zorros, tapires, ñandúes y nutrias; a la pesca con redes y arpón y a la recolección de miel, algarroba, higos de tuna, raíces comestibles, cogollos de palmeras y langostas. Sabían hilar fibras de “caraguatá” con las que trenzaban  y tejían “al crochet”, bolsas y redes. Debido a influencias andinas y amazónicas,  algunos grupos de ellos, aprendieron a cultivar mandioca y calabazas, a modelar alfarería, a tejer en un rústico telar y a fabricar cestas. Su vestimenta consistía en un manto de pieles cosidas que pintaban y se ataban a la cintura, vinchas y abarcas de cuero (calzado rústico hecho con cuero crudo que cubre solamente la planta de los pies y se ata con tiras del mismo material). Se tatuaban la cara y se adornaban con plumas atadas a la cabeza y en los tobillos, collares de chaquiras (cuentas, abalorios, conchas, etc.) y tarugos de madera perforando el pabellón y el lóbulo de sus orejas.

Abipones
Habrían tenido su hábitat en las riberas norteñas del río Bermejo inferior. Eran muy belicosos. A comienzos del siglo XVIII adoptaron el caballo y se dedicaron a vivir del pillaje y la depredación, atacando estancias y poblados de los españoles. Iban amados arco y flechas con puntas de madera tallada, lanzas y macanas (especie de garrote de madera dura). Vivían en chozas cupulares hechas con ramas y paja o junto a “paravientos” que hacían con cuero. Se embriagaban a menudo y fumaban tabaco en pipas de madera. Les gustaba bailar al compás de tambores y sonajas de calabaza  y de pezuñas de ciervo o simplemente acompañándose con una monótona cantilena. Creían en la vida después de la muerte y por eso, sepultaban a sus muertos con todos sus efectos personales Se subdividieron en tres ramas: gente de campo, gente del bosque y gente del agua (aunque es posible que estos últimos fuesen restos de los “mopenes” que se radicaron allí.

Agaces
Moraban en la confluencia de los ríos Paraná y Paraguay

Pilagás
Pueblo desprendido de la familia de los “Guaycurúes) que habitaban en la parte central de la provincia de Formosa, sobre la margen derecha del río Pilcomayo, en la zona anegadiza del estero Patiño. Eran de estatura alta y de complexión fuerte, un hermoso y esbelto tipo humano. Según relatos de DOBRIZHOFFER “….. estaban físicamente bien formados y tienen rostros agraciados, muy parecidos en esto a los europeos. Son altos de talla, de suerte que  podrían alistarse entre los mosqueteros austríacos; los ojos, más bien pequeños y negros, pelo liso, la nariz en general es aguileña y tienen una fuerte dentadura que conservaban hasta su muerte”  DOBRIZHOFFER no encontró entre ellos, individuos deformes, con jorobas, piernas torcidas o vientres enormes, labios peludos o pies deformes (lo que explicaría la teoría que mataban a los recién nacidos que presentaban alguna deformidad). Fueron cazadores y recolectores de frutos, aprovechando la abundancia que de ellos había en los bosques chaqueños donde hallaban algarrobas, chañar, mistoles, tunas, pequeños ananáes silvestres porotos de monte, raíces comestibles, cogollos de palmeras, etc. y ya en su últimos tiempos, comenzaron a practicar una precaria agricultura. Vestían unos grandes mantos hechos con pieles pintadas con dibujos geométricos, vinchas para sujetar el pelo y mocasines de cuero

Tobas
A los pueblos que habitaban en el Chaco Oriental, los españoles les dieron el nombre de “frentones” (“tobas en lengua guaraní), por la costumbre muy común entre ellos de raparse la parte anterior de la cabeza, dando la impresión de una frente más amplia de lo normal. Los Tobas eran una comunidad “guaicurú”, que habitaba en el Chaco, en ambas márgenes del río Pilcomayo. Originariamente ocuparon el territorio de Formosa después, se replegaron a la parte oriental pero extendiéndose hacia el norte  y hacia el sur.  Fuertes y arrogantes; En el siglo XVIII adoptaron el caballo y se hicieron expertos jinetes, nómades montados, siempre dispuestos a atacar las poblaciones españolas y al saqueo de los establecimientos ganaderos, pero como éstos eran pequeños de de escaso valor, sus correrías no tuvieron la trascendencia de las que llevaban a cabo otros grupos de “guaycurúes” que operaban en la zona. Utilizaban el arco y las flechas para cazar y guerrear. Actualmente, la mayor parte de ellos  se ha desplazado a regiones más meridionales del Chaco. Altos y de fuerte constitución física, con piernas robustas y anchas espaldas. Excelentes cazadores y recolectores.

Matacos o Mataguayos
Una nación con una cultura muy primitiva, que llegó desde el norte y se ubicó en los bosques occidentales del Chaco. Era una de las dos grandes naciones que habitaban en la región chaqueña que va desde los ríos Paraná y Paraguay hasta los primeros faldeos de la Cordillera de Los Andes y desde el río Pilcomayo hasta el río Salado. Estaba integrada por las tribus de los “Matarás” y los “Mataguayos” y los “Mocovíes”. Ocuparon el norte de estos territorios, que compartían con los “Guaycurúes”, habitantes del sur. De pequeña estatura, piernas cortas y nariz muy aplastada, su estilo de vida se asemejaba mucho al de sus vecinos, los “guaycurúes”. Cazadores, reolectores y pescadores, sabían hacer sus canoas (llamadas “piragüas”), ahuecando un tronco (generalmente “timbó”) con fuego y rústicas hachas de piedra y para pescar, se servían diestramente de un arpón con punta hecha con cuerno vacuno. Eran hábiles tejedores y tejían la lana y el algodón para hacer trenzados con los que confeccionar bolsas y redes con los que transportaban frutos. Poseían un arte cerámico rudimentario. Para su adorno personal se pintaban el cuerpo, se tatuaban y empleaban plumas. Muy afectos a los bailes y danzas, por lo general con significados mágicos, que se acompañaban con un canto monótono de los bailarines. Dejaban a sus muertos sobre una plataforma construída en la copa de algún árbol o en una fosa abierta en la tierra hasta que se descarnaba. Luego bajaban los restos y los enterraban en nichos. Eran generalmente pacíficos, pero cuando llegaron los españoles, se unieron a otras tribus para combatirlos. Utilizaban arco y flechas, lanzas y macanas (garrote de madera dura (generalmente quebracho). Nunca incorporaron el uso del caballo a sus costumbres, como sí lo hicieron otras tribus que habitaron esas regiones del Chaco. Construían sus viviendas clavando largas y flexibles ramas al suelo, que unían en su parte superior para formar una especie de arco, que luego cubrían con cueros o ramas. Cuando se instalaron las misiones jesuíticas, muchos fueron los matacos que se incorporaron a ellas: “Centa”, “Nuestra Señora de las Angustias”, “Orán”, Saldúa” y “Río Seco” fueron algunas de las que los recibieron durante el período de dominación española.  Más tarde se fusionaron con las comunidades blancas que comenzaron a radicarse en ese territorio, trabajaron en los obrajes, en las plantaciones de algodón y de caña de azúcar y muchos se instalaron en las colonias protestantes (especialmente anglicanas), como “Algarrobal”, “Yuto”, “San Patricio” y “San Andrés”.

Matarás
Era un numeroso poblado que ocupaba las márgenes del río Bermejo medio, no muy lejos de donde, en 1585 se instaló la ciudad de Concepción. Su extinción comenzó, cuando un gran grupo de ellos fue entregados a encomenderos de esa ciudad y que, cuando ésta desapareció, fueron enviados a la jurisdicción de Santiago del Estero, donde perdieron totalmente su identidad al mezclarse con los de ese lugar. Por el aspecto físico no se diferenciaban mayormente de los pueblos del noroeste y de las regiones colindantes: eran altos y delgados. Se dedicaban a la caza, pero principalmente a la pesca, aprovechando la riqueza ictícola que antiguamente ofrecía el río Bermejo.

Mocovíes
Hacia el siglo XV, los mocovíes ocupaban las tierras al oeste de los abipones y al este de los lules, esto es, territorios correspondientes a la provincia del Chaco y a parte de la provincia de Santiago del Estero. Antes de la llegada de los colonizadores españoles, vivían casi exclusivamente de la caza y de la recolección. Recolectaban los frutos del algarrobo y del chañar, del mistol, de la tusca y del molle; higos de tuna, pequeños ananás silvestres, porotos de monte, raíces y cogollos de palmera. Como los pampas, sus vecinos del sur, comían langostas y numerosos animales de pequeño tamaño,  entraban en su alimentación. Su indumentaria era un manto hecho con pieles cosidas unas con otras y pintadas con líneas de color rojo, vinchas y mocasines de cuero. Constituían un pueblo muy guerrero, y a partir de su adopción del caballo, comenzaron a atacar los poblados y posesiones de los españoles (Recordar que el viernes santo de 1866, unos 800 mocovíes arrasaron la ciudad de “Esteco” y aunque un puñado de españoles logró resistir, la población jamás se recuperó y desapareció 6 años después en un terremoto catastrófico. En junio de 1690 atacaron “San Miguel de Tucumán” matando a 45 personas. A principios del siglo XVIII, la presión española hizo que los mocovíes al mando del cacique NOTINIRÍ se trasladaran hacia el sur de la provincia del Chaco y norte de la provincia de Santa Fe en tierras de los abipones, llegando a atacar la ciudad de “Santa Fe” en varias ocasiones. Cerca de esta ciudad se instaló una reducción para miembros de esta comunidad.

Pestalupes
Pueblo indígena de la familia “mataco-mataguaya” que vivía en el Chaco central, entre los ríos Itiruyo y Bermejo en la República Argentina.

Salavines
Tribu chaqueña (una de las parcialidades de los “sanavirones”),  que emigró y se instaló en la región comprendida entre los ríos Dulce y Salado, en la provincia de Santiago del Estero (hoy Departamento de Salavina). Habitaban en pueblos rodeados por chacras con animales domésticos y cultivos de maíz. Sobre estas comunidades se produjo una fuerte penetración jesuita, en particular en los alrededores de Matará. Esta fue una de las poblaciones jesuíticas más importantes de esa llanura boscosa por su posición estratégica contra la lucha de los indígenas del Chaco, que solían no solo atacar a los conquistadores sino también a los agricultores sedentarios que ocupaban las márgenes del río Salado y del río Dulce.

DEL LITORAL MESOPOTÁMICO
Las tribus y familias pertenecientes a esta nación de aborígenes habitaron lo que puede llamarse “zona de expansión guaraní”, aunque no todos pertenecían a esa etnia, ni empleaban su lenguaje. Procedieron de la Patagonia y su migración tuvo lugar hacia el último milenio a.C. según pruebas halladas en los “conchales del Delta”,  en el sur del Litoral (restos antropológicos de cráneos, leznas, puntas de arpón, etc.). En aquella época, penetraban en el río Paraná mamíferos, lobos, marsopas y delfines, que constituían un alimento muy codiciado por estos grupos que se alimentaban de ellos, complementando lo que lograban mediante la caza y la pesca. Tiempo después, se agregaron a estos inmigrantes, otros de cultura superior que trajeron la cerámica. Más tarde llegaron los guaraníes que también se establecieron en el Litoral, en el Delta del Paraná, en la desembocadura del Carcarañá y desde allí, irradiaron su influencia, muy poco tiempo, antes de la llegada de los conquistadores españoles.

Chanás-Mbeguás
Vivían en las islas y parte baja de Entre Ríos y el río Paraná los separaba de los “Chaná-Timbús”, que habitaban en el norte de la provincia de Buenos Aires y parte de Santa Fe. De esta tribu salió el mayor número de individuos que JUAN DE GARAY entregó en “encomienda” a los vecinos de Buenos Aires. Se menciona que fueron 20 encomiendas de ese origen las que se agregaron y mezclaron con la población mestiza, causando su casi desaparición. Los “mbegúaes” que permanecieron en las tierras de Entre Ríos subsistieron con el nombre de “machados”, hasta el siglo XVIII. La parcialidad del cacique QUENDIOPEN se mantuvo por algún tiempo en el sureste de la provincia de Buenos Aires, en una reducción que llevaba su nombre. Otra reducción formada con “mbegúaes”, que se había establecido sobre las márgenes del río Arrecifes, al norte de la provincia de Buenos Aires, desapareció hacia fines del siglo XVIII.

Charrúas
Los “charrúas” eran unos aborígenes que ocupaban ambas márgenes del río Uruguay en su zona central. Cazaban venados y ñandúes  y se ayudaban con la pesca y con la recolección de huevos de ñandúes y cogollos de ceibo. Se guarecían con paravientos de esteras atadas a postes. Vestían una simple “pampanilla” (tipo de camisola) de cuero y en invierno un manto de pieles  decorado con dibujos geométricos. Los hombres usaban un largo “tembetá” y un tarugo en la nariz. Se tatuaban la cara y cuando salían a guerrear se la pintaban. Iban armados con arco y flechas de punta lítica, que llevaban en un carcaj de cuero, con una jabalina, boleadoras y honda. Cuando volvían vencedores de algún encuentro, traían las cabezas de sus vencidos como trofeo. Cada vez que se moría un miembro de la familia, los hombres se martirizaban clavándose astillas en los brazos y las mujeres se cortaban una falange. De otros pueblos, aprendieron a modelar una tosca alfarería que decoraban con incisiones. Refiriéndose el padre jesuita CATTÁNEO a estos indígenas que había conocido durante su viaje por el río Uruguay, nos dice: “La nación más numerosa entre todas éstas es la de los Charrúas. Gente bárbara que viven como bestias, siempre en el campo y en los bosques, sin cama ni techo. Van vestidos a la ligera y siempre a caballo, con arcos, flechas, mazas o lanzas y es increíble la destreza y prontitud con que manejan sus caballos. Esta habilidad es común a casi todas estas naciones; de modo que, aunque los españoles sean grandes jinetes, superiores a cualquiera otra nación de Europa, sin embargo, es rarísimo el caso de que puedan alcanzar en la carrera ni acometer con la lanza a un indio. Cierto día que volvimos a pasar a la derecha del río, nos vinieron al encuentro en la playa, no sé cuántos Guaridas, que es otra nación numerosísima que habita el gran país situado entre el Uruguay y el mar, hasta nuestras Misiones.

Estaban todos a caballo, hombres y muchachos, entre los cuales observé un chiquillo que estaba acostado sobre su caballo como en una cama, con la cabeza en el cuello y los pies cruzados sobre la grupa, postura en que estaba mirándonos atónito a nosotros y a nuestros indios. No vestía más traje que un andrajo, que a manera de tahalí le venía desde el hombro derecho hasta debajo del brazo izquierdo, en cuyos pliegues guardaba sus provisiones como en una bolsa. Después de haber estado un rato mirándonos de ese modo, se enderezó de improviso en su caballo y tomando la carrera desapareció. Pero lomás maravilloso de esa ligereza en correr, era que no tenía silla ni estribos, ni espuelas, ni tan siquiera una varilla con que estimular a su caballo, sino que iba casi enteramente desnudo sobre un animal también absolutamente desnudo. Imagináos entonces que será de estos hombres, que están aún más ejercitados. Volviendo a los “charrúas” debo insistir en que son gente verdaderamente bárbara y como se exponen casi desnudos a la lluvia y el sol, toman un color tostado; sus cabelleras, de no peinarlas jamás, son tan desgreñadas que parecen  furias. Los principales llevan engastados en la barba algunos vidrios, piedras o pedazos de lata y otros tienen apenas un dedo o dos en las manos, porque todos ellos, hombres y mujeres también, se cortan una articulación en señal de duelo, por cada pariente que muere. Las mujeres son las que trabajan en las necesidades de la familia y particularmente en las contínuas mudanzas de sus barracas de un sitio a otro, oportunidades que cargan con todos sus bienes y además con uno o dos niños cargados sobre sus espaldas, marchando siempre a pie, mientras los hombres, todos a caballo viajan portando solamente sus armas. No plantan ni siembran, ni cultivan los campos de modo alguno, contentándose para su alimentación con los animales que encuentran en abundancia en todas partes y que son su alimento preferido. Gustan, sin embargo, lo mismo que sus vecinos, los “pampas”, más de los porotos que de la carne. No tienen habitación fija, sino que andan siempre vagabundeando; hoy aquí, mañana allá, lo mismo que hacen sus vecinos, los “genoas” y esta característica ha sido siempre el motivo principal para no lograr su conversión: como no están estables en ninguna parte, resulta imposible instruírlos ni administrarles los sacramentos, ya que hoy han de estar en un lugar y mañana en otro, haciendo sumamente difícil el trabajo de los sacerdotes (padre jesuita CAYETANO CATTÁNEO).

Indios nómades que, en los tiempos del descubrimiento y la conquista, ocupaban los territorios de la actual República Oriental del Uruguay. Eran feroces peleadores utilizando boleadoras, arco y flechas y hondas. Después de la llegada de los españoles, los charrúas aprendieron rápidamente las ventajas que brindaba el caballo como arma de guerra y atravesando el río Uruguay, expandieron su dominio y llegaron a dominar parte de las provincias del litoral argentino hasta bien entrado el siglo XIX, compitiendo territorio con los “Mocoretás”, que habitaban la zona fronteriza entre ambas provincias.

Mocoretás
Era una parcialidad de los “chanás”  que habitaban en la ribera este del río Paraná, al norte de la provincia de Entre Ríos, especialmente en el actual Departamento La Paz,  el suroeste de la provincia de Corrientes y en la ribera oeste en la zona de la antigua ciudad de Santa Fe. La etimología correcta de su nombre, sería mocoretó”, que en su lengua podría significar “tragadores” o “numerosos”. Eran individuos bien formados, de estatura mediana, piel cobriza y cabellera negra y espesa. Acostumbraban pintarse dos estrellitas en la nariz como los timbús y su lengua era el “chaná”. De costumbres seminómades, se dedicaban a la caza y a la pesca, aunque también cultivaron la tierra. Decoraban su cerámica. Vivían en casas comunales, en las que se albergaban varias familias en forma conjunta. Tenían caciques cuyo cargo era hereditario y ejercían un poder absoluto sobre los integrantes de la tribu, a quienes les imponían tributos, disponían casamientos e imponían tareas. Hacia 1528 aparecieron las primeras referencias a este grupo de aborígenes Según una carta de LUIS RAMÍERZ, fechada el 10 de julio de 1528, participante de la expedición de SEBASTIÁN GABOTO, el 24 de enero de 1527 avistaron a estos “indios” a lo que GABOTO llamó “mocoretás”, como figura en un mapamundi editado en 1544. Luego fueron avistados por Diego García de Moguer, en el curso de una expedición que fuera auspiciada por la corona española en 1528, quien los llamó “mecotaes”. ULRICO SCHMIDL  en su obra “Viaje al Río de la Plata” Capítulo 17) dice: “ …. … dimos con un agua que corre tierra adentro y allí encontramos mucha gente llamada “machkuerendes” (los Mocoretá). Estos no tienen más comida que pescado y algo de carne; son fuertes como de unos 18.000 hombres de pelea, tienen muchas canaen (canoas) o esquifes; nos recibieron bien a su modo haciéndonos parte de su miseria. Ellos viven del otro lado del Parnaw (Paraná), esto es, a la derecha; hablan otra lengua, se ponen 2 estrellitas en las narices. Altos y bien formados los hombres, las mujeres empero, son horrorosas …”. En 1616 a instancias del gobernador  HERNANDO ARIAS DE SAAVEDRA, los sacerdotes franciscanos establecieron  la reducción de “San Lorenzo de los Mocoretaes”, dos o tres leguas al sur de la antigua Santa Fe, el gobernador DIEGO DE GÓNGORA la visitó en 1621, para 1630 ya había desaparecido, y con ella los últimos vestigios culturales de los mocoretás.

Mopenes
Ocupaban un territorio cercano al de los “Mocoretás”, más al norte de la confluencia de los ríos Paraná y Paraguay, en la provincia de Corrientes.

Payaguás
Habitaban los territorios al norte de los territorios que marcan la frontera entre las provincia de Entre Ríos y Corrientes, separados de los “Agaces” por la tribu de los “Carios”.

Timbúes
Tribu indígena que habitaba las islas del Delta de Paraná. Eran de buena estatura y físicamente bien formados. Se dedicaban a la caza, a la pesca y a la recolección de frutos vegetales y de miel. Sabían extraer del pescado, la grasa que aplicaban a diversos usos y los que sobraban los secaban al sol y lo ahumaban para conservarlo. Seguramente por influencia de sus vecinos, los guaraníes, practicaban también la agricultura, aunque en pequeña escala. Sus armas eran el arco y las flechas, la “macana” y la honda. Confeccionaban su vestimenta con pieles de nutria y sabían tejer mantas y delantales de algodón. Se adornaban on piedrecillas de diversos colores que colgaban de su nariz, para lo cual se perforaban las aletas nasales y los hombres usaban “barbote” (hueso o palito con el que se atravesaba el labio inferior). Eran comunes también los tatuajes y las pinturas corporales y en algunos se vieron ornamentos de metal, seguramente de procedencia andina. La vivienda era una choza rectangular confeccionada con esteras de junco, a veces con divisiones internas. Fueron notables alfareros y algunas piezas que han llegado hasta hoy, representan cabezas de animales. Tenían como costumbre funeraria, el adornar las tumbas de los padres con plumas de avestruz y el plantar un ombú sobre ellas.

Tupíes
Nación que dominaba gran parte de Sudamérica, conocida también con el nombre “Tupí-guaraní”. Su lugar de origen fue la región del Chaco, desde donde se extendieron hacia las cuencas del Amazonas, Mesopotamia Argentina, las Guayanas y el litoral brasileño. Pertenecían a la raza llamada “brasílida”, aunque físicamente presentaban diversas variantes, según fuera la región que habitaban. Eran un pueblo muy belicoso que hacía de la guerra con otras tribus, una ocupación casi constante. Hábiles constructores de canoas y piragüas, vivían de la pesca y practicaban una agricultura rudimentaria. Estaban organizados en clanes y predominaba entre ellos la poligamia. Aunque casi nunca iban vestidos, eran muy aficionados a los adornos corporales y a los tatuajes. Conocieron la técnica de la cerámica y fabricaban vasijas de todo tipo, con una característica muy peculiar, que producían apretando la pasta fresca con la yema de los dedos. Creían en un dios supremo, razón por la cual, los misioneros portugueses y españoles los convirtieron fácilmente al catolicismo. Su lengua se habla aún en Pataguay, en algunas provincias de Brasil y en las provincias argentinas de Misiones, Entre Ríos y Corrientes.

GUARANÍES
Nación  que ocupaba las cuencas de los ríos Paraguay, Alto Paraná y Alto Uruguay, islas del Delta del Paraná y la Isla Martín García y que en épocas de creciente se trasladaban a las tierras más altas que las rodeaban, en territorios que hoy ocupan Argentina, Brasil y Paraguay. Hay versiones asegurando que en sus orígenes eran antropófagos, aunque esa costumbre no tiene referencias más allá del siglo XVI. Vivían de la caza y de la pesca y de los frutos que obtenían labrando la tierra y cazando con trampas. Eran monógamos, exceptuando los jefes que podían tener varias esposas. Las familias eran de carácter patriarcal y los matrimonios exogámicos. Por contacto con grupos culturales vecinos asimilaron, de los “ándidos”, el uso del pectoral de metal y de los morteros de piedra y de los “pámpidos”, el manto de pieles y las boleadoras. Durante el período de colonización española, bajo la dirección de la Compañía de Jesús, se destacaron en la instalación de las “misiones jesuíticas”, con lo cual, contribuyeron a la difusión de la cultura europea y del cristianismo. Poseía literatura escrita y el grupo de lenguas habladas por estos pueblos, forman la familia lingüística “tupí-guaraní”, idioma que tuvo una gran difusión debido al bilingüismo de las misiones jesuíticas, costumbre que sobrevivió después de la expulsión de los jesuitas de América y la transformó en una lengua familiar de los pueblos, tanto del Paraguay, como de la provincia argentina de Corrientes.

Carios
Pertenecían a la nación “guaraní” y habitaban el territorio que hoy ocupa la provincia de Corrientes. Labraban la tierra y producían maíz, mandioca, batatas, maní y otros productos con los que se alimentaban. Usaban poca ropa, utilizando pieles de los animales que cazaban o tejidos que ellos mismos tejían con algodón o con las fibras de una especie de “pita”  llamada “Caraguatá”. Sus creencias, como las de casi todos los indios, se basaban en supersticiones  que les imponían sus hechiceros.

Chiriguanos
Habitaban el territorio que hoy ocupa la República de Bolivia. De origen y habla guaraní.

PÁMPÁSICOS
Los pampásicos (“Pampas”) antigüos existieron desde mucho tiempo antes de que llegaran los españoles al Río de la Plata, dispersos en la región pampeana, su hábitat fue el que le dio nombre a esta región. Su extinción comenzó a principios del siglo XVIII cuando fueron reemplazados por conglomerados “araucanos” provenientes de Chile, a los que también´, erróneamente se los comenzó a llamar “Pampa”. La suplantación fue gradual y se desarrolló en forma más o menos lenta, hasta que a fines de ese siglo, la suplantación fue completa y devastadora y en la pampa argentina, no quedaban más que araucanos. Los blancos que en 1668 llegaron a esos territorios, comentan en sus relatos que cada vez encontraban más indios extraños y belicosos en la zona, calificándolos como “aucas”, es decir “indios alzados” (1). Por testimonios del sacerdote jesuita FAULKNER se puede tener hoy algún conocimiento, aunque relativo, de los antigüos pampas, ya que a mediados del siglo XVII estaba en pleno desarrollo el proceso de suplantación de los moradores primitivos por los llegados del otro lado de la Cordillera de los Andes. El investigador LEHMANN-NITSCHE fue el primero que advirtió la presencia en la pampa, de una lengua que no era la araucana, ni tampoco la de otras tribus vecinas y la llamó “het”, pero seguramente se trataba de la lengua de los antigüos pampas (1). Otra versión asegura que fue la misma tribu segregada de los araucanos, sumamente hostil para con el hombre blanco, que se autodenominó “aucas”, que en su idioma quería decir “pueblo libre”. Nótese la sutil vinculación de las palabras “libre” y “alzado” para comprender la intencionalidad que determinó el origen de ambas versiones.

Aucas
Una tribu de belicosos aborígenes que se dieron el nombre de aucas, que significa “pueblo libre” y que habitaba sobre las márgenes de los ríos Negro y Colorado. La palabra “aucas” está relacionada con los Huaorani, pueblo indígena ecuatoriano, que eran conocidos por ser sus integrantes guerreros intrépidos y cazadores extraordinarios. Históricamente, a ellos se los ha llamado Aucas, un término peyorativo que en idioma quichua  significa “las personas de la selva, salvajes” esto debido a su actitud agresiva hacia otros pueblos indígenas, colonos y “blancos”. En la actualidad la palabra “aucas” esta en desuso entre la comunidad amazónica ecuatoriana. Varias familias nómades de “aucas”, quien sabe porque caminos, atravesaron los Andes y llegaron a la pampa argentina. Era una tribu de muy belicosos aborígenes que habitaron sobre las márgenes de los ríos Negro y Colorado, en la provincia argentina de Neuquén y se dieron el nombre de aucas, que significa “pueblo libre”. Alrededor de 1870, de la pampa pasaron a Chile atravesando los Andes donde sostuvieron una ruda batalla con los pueblos de la zona, cuyo recuerdo perdura aún en una piedra tallada que existe en el “Valle de Cauquenes”. Habitaban especialmente en las comarcas de Concepción y Valdivia, limítrofes al río Bio Bio.

Pampas
(Del idioma quichua, que quiere decir “campo raso”). Con este nombre aludimos a los indígenas primigenios que habitaban en las pampas, desde mucho antes de la llegada de los españoles y comenzaron a extinguirse a principios del siglo XVIII, exterminados por aborígenes que provenientes de Chile, los “araucanos”, cruzaron la Cordillera de los Andes en procura de mejores tierras y bienes, escapando de la “hambruna” a que los sometían los inhóspitos territorios que habitaban en sus orígenes. Vivían en el territorio que va desde el sur de San Luis y de Córdoba hasta la provincia de Buenos Aires, en las llanuras a las que le dieron su nombre. Abarcaban a los “taluhet” del noreste (que incluía a los “querandíes”), y a los “diluhet” del sudoeste de dichas llanuras. Altos, robustos y de piel oscura; hacían vida nómada y se dedicaban a la caza de guanacos y venados, abundantes en esos tiempos en los territorios que ocupaban. Sin duda, a causa de esta actividad, adquirieron las extraordinarias aptitudes de velocidad y resistencia, que admiraron los españoles. Muerta la presa, bebían su sangre caliente. A veces recogían raíces, algarrobas y langostas, cuando las había. Manejaban con destreza el arco y las flechas y las boleadoras y eran feroces guerreros, especialmente los “Querandíes”, una de las tribus que integraba la “nación pampa”, que ocupaban las tierras donde hoy está la provincia de Buenos Aires. Su industria principal era el trabajo de la piedra, con la que fabricaban algunos útiles, puntas de flecha y “sobadores” para la preparación de las pieles. Se guarecían al amparo de paravientos hechos con estacas, cueros y ramas y más tarde en toldos. Los hombres vestían un taparrabo triangular  y usaban “barbote”, también llamado “tembetá”, voz guaraní (“tembé”: labio, “Ita”: piedra),  que designa a una varilla de metal, madera  u otro material que atraviesa el labio inferior de los miembros de la tribu, como señal de madurez sexual). Las mujeres se cubrían con “pampanillas” y unos y otros, en invierno  se abrigaban con mantos hechos con pieles de zorro, guanaco o nutrias cosidas entre si y según las circunstancias (fiesta o guerra), se pintaban el cuerpo. Eran notables cesteros y en los últimos tiempos de su existencia, de pueblos más avanzados aprendieron a modelar una tosca alfarería que adornaban con dibujos geométricos. La “araucanización” que sufrió este pueblo, hace muy difícil que hoy se encuentre algún individuo de esa etnia en estado puro. Los “pampas” han sido llamados también “Puelches”, o “gente del este” por sus vecinos, los “Moloches” o “Araucanos”.

Querandíes
Era una tribu que se extinguió en el siglo XVII. Habitaba en la zona que tiene por centro el territorio que tiene la actual ciudad de Buenos Aires, llegando por el norte hasta el río Carcarañá, por el este hasta el mar y el río de la Plata, por el sur hasta más allá del río Salado bonaerense y por el oeste hasta el pie de la Sierra Grande  en la provincia de Córdoba.. Se cree que los “Querandíes” constituían el grupo oriental de los “Pampas”, a cuya familia pertenecían. Fueron sus vecinos, los “guaraníes”, pueblo eminentemente vegetariano,  quienes les dieron ese nombre, que en su lengua quiere decir “hombres con grasa”, sin duda, porque se alimentaban preferentemente con carne de vaca y con los cueros, se cubrían y hacían sus viviendas, costumbre que hacía que olieran a cuero y a grasa. Eran de talla alta, cabeza alargada, con semejanzas a los “patagones” aunque  de estatura algo menor. Se servían del arco y las flechas. Cazaban venados a pie, rindiéndolos por cansancio. Eran nómades y sus viviendas eran simples paravientos hechos con cueros de venado pintados y adornados y más tarde comenzaron a utilizar para ello, cueros de vaca y de caballos, dada la abundancia que había de estos animales. Seguramente el “toldo papa” fue un perfeccionamiento posterior de este tipo de viviendas. Se alimentaban principalmente de carne y de productos silvestres vegetales o animales que recogían. Como todos los pueblos patagónicos se vestían con una “pampanilla” (pedazo de tela u otro material que cubre las partes pudendas, conocido también como “taparrabos”) , un pellón (vestido de tela) y el “quillango” que les servía de abrigo. Trabajaban la piedra  y poseían grandes morteros de ese material, donde molían los granos. Utilizaban las boleadoras de dos bolas y también las de una para cazar. Fabricaban piezas de cerámica con decoraciones simples grabada y geométrica. Al adoptar el caballo, abandonaron su principal y antigua actividad como alfareros y aumentó el nomadismo y su actividad hábiles como cesteros. Conservaban la tradición de un dios que llamaban “Soychú”, con quien creían, se reunirían al morir. Creían también en un espíritu del mal llamado “Gualichu”, creencia que por otra parte, era común entre los pueblos del sur. Sus hechiceros. Al que llamaban “machi” practicaban el “shamanismo” (capacidad de diagnosticar y de curar el sufrimiento y las enfermedades del ser humano y aún de causarlos). Como en otros pueblos meridionales, las novias se compraban y el “divorcio” era frecuente. Es probable que su idioma haya sido el común a todas las etnias pampas, aunque también había muchos dialectos.

Salineros
Aliados naturales de los ranqueles, el núcleo principal se ubicaba en las Salinas Grandes, en el noroeste de la provincia de Buenos Aires. Estaban dirigidos por la dinastía araucana de los Curá, que ocupaban el sudeste de La Pampa y el oeste de Buenos Aires, mientras que la tribu del cacique PINCÉN ocupaba  el noroeste de Buenos Aires.

ARAUCANOS
Familia aborigen chilena. “Araucano”, es un término que significa habitante de Arauco, una región que actualmente se encuentra en territorio chileno. Por extensión se ha utilizado la expresión para referirse a las personas o comunidades de lengua mapuche aunque habitaran fuera de Arauco. A estas tribus, pertenecían los caciques TRACALEU, MARCELO NAHUEL, JUAN SALPÚ, NAMUNCURÁ, ZUNIGA, PURRÁN . SAYHUEQUE, estaban en la provincia argentina de Neuquén, El cacique araucano YANQUETRUZ, se estableció con su tribu entre los ranqueles, ocupando territorios al sur de Córdoba, Santa Fe, San Luis y La Pampa, tomó el mando de los ranqueles al morir el cacique CARIPILÚN y los llevó a la guerra contra el blanco, apoyado por los “aucas”, una tribu de belicosos aborígenes escindidos de los araucanos que se dieron el nombre de aucas (que significa “pueblo libre”) y que habitaba sobre las márgenes de los ríos Negro y Colorado

Boroganos (o “boroanos)
Se conoce como boroanos, borogas o boroganos (en cualquiera de los tres casos también se los encuentra en la bibliografía escritos con v), al grupo de mapuches originarios de Boroa (o Voroa) en la Araucanía chilena. Su lugar de origen se encontraba en el territorio actualmente chileno que se extiende, entre los ríos Cautín y Toltén, cerca de La Imperial. Su nombre deriva del arroyo Vorohue (“lugar donde hay huesos”, aunque según algunas versiones estos “huesos” serían mazorcas de maíz). Durante la guerra e la Independencia de Chile (1819/1821), la mayoría de los boroganos lucharon junto a los realistas, acaudillados por el cacique CURIQUEO, pero algunos otros lo hicieron del lado de los “patriotas” (independentistas). A partir de 1818, comenzaron a realizar incursiones al oriente de la Cordillera de los Andes, llegando hasta la actual provincia de Buenos Aires en donde formaron una federación gobernada por un consejo de seis caciques mayores: Cañiullan, Melín, Alún, Gauyquil, Mariano Rondeau y Cañiuquir, del cual dependían otros veinte caciques menores. Se unieron al general chileno JOSÉ MIGUEL CARRERA, que luego de ser derrotado en su patria, había huído hacia la Argentina y lo secundaron en sus correrías hasta que este fue derrotado el 30 de agosto de 1821 en Punta del Médano por las fuerzas del coronel JOSÉ ALBINO GUTIÉRREZ. En 1823, comenzaron a trasladarse a las Salinas Grandes y a la Sierra de la Ventana, donde se asentaron. y en agosto de 1828, atacaron Carmen de Patagones y la “Fortaleza Protectora Argentina”. El boroga CANIUCUIZ (Cañiuquir o Cañiquir) asumió el mando de los boroganos y éstos intentaron unirse al levantamiento unitario de JUAN GALO DE LAVALLE, pero JUAN MANUEL DE ROSAS logró impedir esto, llegando a un arreglo con los boroganos por medio de una de las esposas (Luisa) del cacique mayor CAÑIUQUIR, que mantenía prisionera en su estancia de Los Cerrillos. Más tarde, de la mano del cacique RONDEAU  buscaron acercarse a las autoridades y vivieron un tiempo en paz, hasta que el araucano CALFUCURÁ, considerándolos traidores a “la causa araucana”, asesinó a RONDEAU y a todos sus capitanejos.

Mapuches
Mapuche” es la palabra que utilizan los mapuches para designarse a sí mismos. Deriva de las expresiones “mapu” (tierra) y “che” (persona o gente). El origen de esta “gente de la tierra” que habitaba en Chile, comenzaría de una remota población de pescadores y cultivadores de lengua mapuche que fueron dominados por los “moluches” (guerreros), que los habrían invadido hacia los siglos XII ó XIII. Uno de esos grupos habría derivado de una básica vinculación amazónica y el otro sería de raza andina. No se sabe en qué medida intervinieron elementos oceánicos que aportarían una fuerte influencia polinésica (hachas ceremoniales, antropofagia ritual, clavas, arcos cortos, inhumación en una canoa, anclas de cuatro uñas y velas trapezoidales para sus embarcaciones). Los “Mapuches”, desplazados por la invasión de los “moluches”, se extendieron hacia el norte (picunches) y hacia el sur (huilliches). Quizás esta etnia haya llegado a tener unos 400.000 individuos cuando llegaron los conquistadores españoles, que los llamaron “Araucanos”, gentilicio derivado de Arauca,  voz corrupta equivalente al topónimo “Ragco (agua gredosa, según E. ERIZE). Los “mapuches” cultivaban la papa el maíz, el ají y la quinoa. Su vivienda (la ruca), era rectangular y estaba construída con maderas, ramas y techo de paja. Con lana de llama tejían en un telar vertical las prendas que vestían: los hombre una manta cuadrada sujeta a la cintura y poncho. Las mujeres, una larga manta que se ataba sobre un hombro y pasaba por debajo del otro brazo. Sus armas eran el arco y las flechas con punta de piedra que llevaban en un carcaj de cuero, una larga lanza, cachiporra con cabeza de piedra y honda. La alfarería, generalmente sin decoración se reducía a cántaros provistos con una asa vertical junto a su boca, siendo frecuente además el uso de recipientes de madera. Los grupos que habitaban en las costas, construían embarcaciones con troncos de árboles o con juncos o totora. Influenciados por la cultura incaica, desarrollaron una avanzada industria textil con decoraciones geométricas y la platería, metal con el que hacían hermosos pectorales, adornos para llevar en la frente, prendedores y otros ornamentos. Su lengua era el “”mapudungun”, que el jesuita LUIS DE VALDIVIA fue el primero en recoger en su obra “Arte y Vocabulario”, aún es hablada por los sobrevivientes de ese pueblo.  En los territorios que van desde el sur de las provincias de San Juan y Mendoza hasta el paralelo que pasa por las islas de Chiloé (en Chile), habitaban los “Moluches”, un desprendimiento de los “Araucanos” chilenos que ocuparon territorios de la pampa argentina desde el año 1750 haciendo definitiva su radicación en ella, luego de haberla visitado, cruzando la cordillera de los Andes,  para unirse a los Puelches y a los “Pehuelches”, en sus correrías para apoderarse de caballos y vacunos que se desarrollaban en gran cantidad en esas fértiles  tierras. Ya en el siglo XIX fue el cacique COLIQUEO quien al frente de su numerosa tribu, cruzó la Cordillera desde Chile para afincarse en Los Toldos, provincia de Buenos Aires, desde donde tuvo en jaque a los efectivos del ejército y a los pobladores que habitaban los territorios conocidos como la frontera sur del país de aquella época.

Pehuenches
Pehuenches es una voz mapuche que significa “gente de los pinares”. Era un pueblo “araucano” que a mediados del siglo XVII cruzó la Cordillera de los Andes y se instaló en los territorios que hoy ocupa la provincia argentina de Neuquén. Eran cazadores de guanacos y recolectores de semillas y frutos silvestres, de algarroba, molle y piñones de araucaria. Con estos últimos hacían una especie de pan y una bebida parecida a la “chicha” y si la cosecha era abundante, los guardaban en silos subterráneos para su posterior consumo. Cuando llegó el caballo, no sólo lo utilizaron para sus correrías, sino que se hicieron grandes consumidores de su carne como alimento Las pinturas rupestres encontradas en la Patagonia que datan de 3.000 años a.C. algunas y de 11.000 años muestran imágenes que se asemejan a llamas montadas y cargadas, indicio de la vinculación de estas tribus con las del altiplano. Pero lo más sugestivo fue el hallazgo de imágenes de jinetes a caballo, lo que podría corroborar la existencia del “caballo fósil” (Equus rectidens). Utilizaban el arco y flechas con punta triangular de piedra, las boleadora de dos bolas y al comenzar su “araucanización”, usaron también unas largas lanzas de más de tres metros de largo. Trabajaban el cuero para fabricarse prendas de vestir, cubiertas para sus toldos y recipientes y usaban una especie de odre hecho con piel de guanaco para llevar agua. Es probable que hayan construido balsas, probablemente con juncos o totora, los que vivían cerca de los lagos. Los trabajos para hacer adornos con  plumas eran una de las ocupaciones principales de los hombres, aunque en lo que más se distinguieron fue en el arte de la cestería, que aprendieron de sus vecinos, los huarpes.

Ranqueles
Es la castellanización de la palabra mapuche “rangkülche”,  que proviene de “rangkül” (caña) y “che” (persona) y que era utilizada para denominarse a sí mismos. Para los mapuches eran una de las cuatro identidades territoriales del Puelmapú. La República Argentina utiliza oficialmente la designación rankulche. Surgidos de la expansión de los rasgos culturales de un sector de los tehuelches septentrionales, dominaban el sur de las provincias de Mendoza, Córdoba y San Luis y el norte de La Pampa, capitaneados por los caciques EPUMER ROSAS -EPUMER PAINE, REUMAY, PINCÉN, CARIPILÚN, MANUEL GRANDE, TRIPAILAO, y RAMÓN CABRAL o RAMÓN PLATERO.

PATAGÓNICOS
Eran aborígenes cuyas familias principales (los “onas”, los “puelches”, los “tehuelches” y los “teuesch”), ocupaban la región de la actual Patagonia argentina (a la cual le dieron su nombre). Habitaban más al norte de los fueguinos y fueron vistos por primera vez en 1520, por los expedicionarios de MAGALLANES, cuando en su búsqueda de una unión entre los dos océanos, debió pasar el invierno en los territorios que hoy ocupa el puerto de San Julián en la Patagonia. Admirados por el tamaño de las huellas que dejaban a su paso, los llamaron “patagones” adjudícándoles un tamaño físico que no era el real. Fue ANTONIO PIGAFETTA, quien, en sus relatos, dejó claro que no se trataba de huellas de gigantes, sino que éstas eran producidas por las enormes botas de cuero que usaban los moradores de esa región. Estudios antropométricos que se realizaron luego, muestran que en realidad, no se trataba de una raza de gigantes: si bien eran individuos de gran corpulencia (magnificada quizás por las pieles con las que se cubrían), el grupo “patagón” de mayor altura era el “tehuelche” y sus individuos median como promedio entre 1,70 y 1,80 metros. Las familias se reunían en grupos llamados “parcialidades” de alrededor de 400 individuos cada una, gobernadas por un cacique que elegían por su valor y ascendencia. Cuando querían casarse, debía comprar a su esposa; por eso, los indios ricos  y los caciques podían tener varias de ellas. En la familia, las tareas estaban divididas rigurosamente: las mujeres preparaban la comida, sobaban las pieles para hacer los toldos y las mantas, mientras que el hombre solamente cazaba y pescaba o dedicaba su tiempo a hacer sus flechas, arpones  y demás armas y elementos para cazar o guerrear. Tanto las mujeres como los hombres se pintaban el rostro de diversos colores, que variaban en tiempo de paz o de guerra y se adornaban la cabeza con zarcillos y plumas. Alrrededor de 1750 comenzaron a usar el caballo.

Eran nómades y su economía se basaba en la caza del guanaco y del avestruz (a pie, con arco, flecha y boleadoras o lazo) y en la recolección de frutos silvestres. Se cobijaban bajo el llamado “toldo pampeano”, una rudimentaria construcción hecha con varios cueros de guanaco cosidos entre si y sostenidos con varios palos atados. Eran polígamos y las familias se reunían en grupos llamados “parcialidades”, que congregaban a 400 individuos, que eran gobernadas por un “cacique”, elegido por su valor en la caza y en la guerra y el ascendiente que tenía sobre el resto. En las familias, el trabajo estaba perfectamente distribuído: las mujeres preparaban la comida, sobaban las pieles para los toldos y abrigos, mientras los hombres cazaban o guerreaban y en su tiempo libre, confeccionaban o reparaban sus arcos, sus flechas y sus lazos. Tanto las mujeres como los hombres se pintaban el rostro con diversos colores, que variaban si eran para las ceremonias o para la guerra y se adornaban la cabeza con zarcillos y plumas. Reconocían la existencia de un dios del “bien” y otro del “mal”. A comienzos del siglo XIX comenzaron a cruzarse con los “pampas” y los “araucanos”, y por eso es muy raro encontrar hoy algún representante de esa etnia en estado puro. Peschera. Así se nombra a la etnia que según algunos estudiosos, está constituída por la totalidad de los pueblos fueguinos, esto es, por los “onas”, los “yaganes” y los “alacalufes”.

Comentarios al margen.
“Un día, cuando menos lo esperábamos, un hombre de figura gigantesca se presentó ante nosotros. Estaba sobre la arena casi desnudo, y cantaba y danzaba al mismo tiempo, echándose polvo sobre la cabeza. El capitán mandó a tierra a uno de nuestros marineros, con orden de hacer los mismos gestos, en señal de paz y amistad, lo que fue muy bien comprendido por el gigante, quien se dejó conducir a una isleta donde el capitán había bajado. Yo me encontraba allí con otros muchos. Mostró gran extrañeza al vemos y, levantando el dedo, quería decir, sin duda, que nos creía descendidos del cielo. Este hombre era tan grande que nuestra cabeza apenas llegaba a su cintura. De hermosa talla, su cara era ancha y teñida de rojo, salvo los ojos, rodeados con un círculo amarillo, y dos trazos en forma de corazón en las mejillas. Sus pocos cabellos parecían blanqueados con algún polvo. Su vestido o mejor dicho, su manto estaba hecho de pieles muy bien cosidas, de un animal que abunda en este pais, como veremos seguidamente. Este animal tiene cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y cola de caballo y relincha como este último” (refiriéndose quizás al ciervo). “El capitán general mandó darle de comer y beber, y, entre bagatelas y baratijas, le obsequió un espejo grande de acero. El gigante, que no tenía la menor noción de este utensilio, y en el que, sin duda, veía por primera vez su figura, retrocedió tan asustado que derribó a euatro de nuestros hombres que lo rodeaban”. (El entrecomillado es un texto de Antonio Pigafetta, Caballero de Rodas que figura en su obra “Primer viaje en torno del mundo”, 1525. Edición Centro Editor de América Latina, 1971).

LOW, un marino escocés que comerciaba con los indígenas patagones y fueguinos, nos dice que los patagones, llamaban a los otros aborígenes “zapallos”, nombre americano de la calabaza. Se trataba simplemente de un erro auditivo. El nombre que despectivamente, daban los gigantescos patagones a los muy bajitos fueguinos, era el de “sapallios”, por el bulto que les ofrecían, cuando les vendían sus hijos recién nacidos para que fueran sus esclavos. De los fueguinos, dice el expedicionario DUMONT D’URVILLE: “Estas gentes, hombres y mujeres, dejan pasar el tiempo perezosamente tendidos sobre pieles, rodeados de perros y caballos. Evitan hasta tal punto andar a pie, que para buscar los mariscos, que abundan en las playas cercanas, a no más de cincuenta metros, lo hacen a caballo. Los onas tenían como ser supremos a “Teméukel” que significa “Aquél allá arriba”, creador del hombre, los animales y las plantas.

Onas
Eran racial, lingüística y  culturalmente parte de los “chonik” o “patagones que habitaban en la Isla Grande, Tierra del Fuego. Su vivienda era un simple “paraviento” de cuero levantado a forma de mampara en semicírculo o una choza cónica hecha con palos. Eran de talla alta, piel cobriza, ojos pequeños y oblicuos y pelo abundante y negro. Tanto los hombres como las mujeres se pintaban  según las circunstancias: de rojo para la guerra; para cazar de colorado oscuro o de amarillo; si buscaban novia se pintaban puntitos blancos, que eran reemplazados  por puntos negros después de haberse casado. Se cubrían con pieles de guanaco  o de otros animales con el pelo hacia afuera. Las mujeres y los niños se cubrían  con un simple taparrabo triangular de cuero y todos calzaban una especie de sandalia también hecha con cuero. Sus armas era el arco y las flechas que llevaban en un carcaj de cuero, la honda y las boleadoras y para la pesca utilizaban lanzas y arpones. Su idioma era pobre pues la cantidad de palabras que empleaban era muy reducido. Se alimentaban con carne de guanaco, tucus-tucus, y lobos marinos. Recolectaban mariscos, raíces, hongos y semillas de una crucífera  (el “tai”), de la que obtenían una harina con la que hacían una pasta que los alimentaba. Conocieron el arte de la cestería que practicaban con técnicas propias; fabricaban baldes con cortezas de haya y utilizaban las grandes valvas marinas como recipientes para beber y para servirse la comida. Carecían de instrumentos musicales, pero cantaban y realizaban ceremonias donde danzaban. Dice la tradición, que hubo una época en la que las mujeres dominaban al conjunto, es decir que era un “matriarcado”, donde los hombres eran dominados por el miedo que infundían, apelando a ritos y apariciones que eran fingidas, pero que cuando fueron descubiertas en el engaño, los hombres mataron a todas las mujeres mayores, esclavizaron a las más jóvenes y a partir de entonces volvieron a dominar a las tribus, apelando de nuevo, al temor a los espíritus. Este secreto (el que se apelaba a falsos espíritus y demonios para dominar a las mujeres), era revelado a los jóvenes varones cuando llegaban a la pubertad, durante una ceremonia llamada “kloketén”, amenazando de muerte a quien revelara el secreto. La familia en general era “monógama”, pero también se daba el caso de algunas familias donde se practicaba la poligamia. No había caciques pero se respetaba la opinión de los ancianos y sobre todo la de los hechiceros (los “jon”). Reconocían la existencia de un ser superior al que llamaban “Temaukel”, cuyo mensajero e intérprete en la tierra, “Kenós”,  era  el creador de todas las cosas del mundo y que luego de hacerlo se convirtió en la estrella “Alfa”. También creían en “Kuanip” un dios severo y generoso a la vez. Cuando un “ona” moría, su cuerpo era envuelto en su manto de pieles y atado  con tientos. Luego lo depositaban  en una profunda zanja  y finalmente se quemaba y se destruía absolutamente todo lo que le había pertenecido en vida. Los “Onas”, que hacia 1860  sumaban aproximadamente 10.000 individuos, hoy están reducidos a una muy pequeña reducción que habita en inmediaciones ca del Lago Fagnano.

Puelches
Pueblo patagónico que habitaba regiones que hoy ocupan las provincias argentinas de Neuquén y Río Negro. Su nombre corresponde a una voz araucana que significa “gente del este” y es una palabra mapuche que se emplea también para denominar a los pueblos del este de los Andes y que se ha utilizado además para llamar así a los pueblos como los “gününa kune”, los “aonikenk” e incluso para mapuches o tehuelches que han sido mapuchizados. Se cobijaban bajo el llamado “toldo pampeano”, hecho con varios cueros de guanaco cosidos  y sostenido con palos.

Tehuelches
En idioma mapuche,“tehuelche” es una palabra derivada del “mapudungun”, que significa “gente”, para identificar a un conjunto de pueblos que habitaban la Patagonia argentina. Otras opiniones aseguran que la palabra “Tehuelche” deriva del araucano  donde  “tehuel” quiere decir “sur” y “che” que significa “gente”, es decir “gente del sur. También llamados “Patagones”, son los que le dieron el nombre a esa vasta región del sur de la República Argentina. Eran los aborígenes más altos y desarrollados físicamente de América, lo que dio lugar a que se los considerase como legendarios gigantes, tejiéndose alrededor de ellos un sinfín de leyendas. Hacían vida nómade y se alimentaban de la caza, principalmente del guanaco y del avestruz y de raíces, frutos  y semillas silvestres. Usaban el arco y las flechas con puntas de piedra y después de la llegada de los españoles, comenzaron a usar el caballo, la lanza y las boleadoras. Su vivienda era un simple tinglado de palos y pieles de guanaco y se cubrían con grandes mantos hechos con pieles de guanaco, zorro o gato montés, adornados con dibujos geométricos. Desconocían la cerámica y la cestería y para los usos domésticos se servían de caparazones de armadillo o mulita, valvas de moluscos y de utensilios que hacían con piedra, hueso o cuero. Su organización social era muy primitiva y se fundaba en el núcleo familiar; eran por lo general monógamos y el matrimonio se concertaba mediante la compra de la novia a sus parientes. Las familias se agrupaban en parcialidades bajo la autoridad de un cacique, a quien le correspondía principalmente, dirigir las expediciones de caza y marcar el rumbo en las contínuas migraciones que realizaban. Entre sus hábitos funerarios estaba el de enterrar a sus muertos en las cimas de las colinas y cubrían las sepulturas (llamadas “chenques”), con grandes piedras, sobre las cuales sacrificaban animales que hubieran pertenecido al difunto. A comienzos del siglo XIX fueron diezmados por los araucanos provenientes de Chile y los que sobrevivieron, fueron completamente absorbidos por éstos.  Eran politeístas y adoraban a numerosos espíritus guiados por sus hechiceros.

La agrupación que mal se hizo, de varios pueblos en una sola palabra, produjo históricamente confusión sobre la identidad de cada uno de ellos. En 1995 el antropólogo argentino ROODOLFO CASAMIQUELA  identificó a los pueblos tehuelches del siguiente modo: “Tehuelches insulares” (los “selnám” y los “manekenk o haush”);  los “Tehuelches meridionales australes” (los “aónik’enk” y los “patagones” o “chewelches”); los Tehuelches meridionales boreales” (los “mech’arn”); los Tehuelches septentrionales australes” o gününa kena, llamados también “pampas”, “chewelches”, “tehuelches”, “williches”, y “puelches” (un subgrupo de ellos son los “chüwach a künna”) y los “Tehuelches septentrionales boreales” (los “querandíes” y los “puelches” del norte del Neuquén).

En La República Argentina, se utiliza oficialmente la designación tehuelche para referirse a los habitantes de la Patagonia. Vivían en la zona de Tapalqué, provincia de Buenos Aires, en Río Negro, Neuquén y Chubut. A esta etnia pertenecían la tribus de los caciques JUAN SACAMATA, MANUEL QUILCHAMAL, tehuelches de la cordillera de los andes, CATRIEL, que vivían en la zona de Azul y la Tribu del cacique principal MANUEL BAIGORRITA.

“Los Tehuelches que integraban el próspero “País de las Manzanas” y eran gobernados con sabiduría por el cacique VALENTÍN SAYHUEQUÉ, alcanzaron su apogeo en 1860, llegando a sumar 30.000 habitantes. Vivían en paz y cultura, pero al promediar la década de 1875-1885, se los empezó a perseguir porque ocupaban tierras muy feraces y en pocos años, fueron literalmente barridos de sus asentamientos naturales, para dar entrada y propiedad de esas tierras a miles de extranjeros, manejados por la infatigable voracidad capitalista” (dice Guillermo Alfredo Terrera).

Yamcanás
Tribu de la familia “Tehuelche” que habitaba en territorios que hoy ocupa Tierra del Fuego.

DE LOS ARCHIPIÉLAGOS DEL SUR
La Isla Grande y las islas menores de Tierra del Fuego estuvieron pobladas de aborígenes a los que se los llamó primero fueguinos. Habitaban  las islas del sur y Tierra del Fuego. Sus familias principales eran los “yamanás” y los “alakalufes”. Estaban adaptados a las escasas posibilidades que les brindaba el medio por lo que eran canoeros, es decir, pescadores y cazadores de ballenas, focas y pingüinos. Construían sus botes con la corteza de árboles cosidas con barbas de ballena y fibras vegetales, por lo que lograban una embarcación ágil, rústica y liviana.

Alacalufes (o alakalufes)
Familia de canoeros que en tiempos lejanos ocupaban toda la Patagonia occidental o chilena y las islas situadas entre el golfo de Las Penas, en el norte y la península de Brenck al sur, el Estrecho de Magallanes, llegando hasta el archipiélago de Chiloé. Estaba constituida por dos grupos distintos: el septentrional y el meridional, ocupando las tierras hasta el archipiélago de Los Conos (Chile). Llegaron a la región entre los 2.000 y los 1.500 años aC y adaptados al clima y a los rigores de esos territorios, llevaban la vida de sus antepasados mesolíticos. Era por lo tanto, un pueblo de cultura primitiva que vivía de la caza y de la pesca. No conocían la cerámica y usaban como recipientes las valvas de moluscos o los confeccionaban con cortezas de árboles o de cuero. Eran nómades, de aspecto similar al de los yámanas, pero de estatura algo mayor. Monógamos,  creían en la existencia de un solo Dios, o ser superior. Alacaluf era también el nombre del idioma que utilizaban.

Yamanas o Yaghanes”
Era un pueblo aborigen canoero que habitaba en los canales de Tierra del Fuego. Se estima que llegaron allí alrededor del 2000-1500 aC. Constituían diversos grupos, cada uno de ellos con su propio dialecto derivado de la lengua “yamaná” (eran cinco las formas dialectales  que correspondían a los grupos, no tribus, que se dividían el territorio ocupado). Físicamente eran tipos de baja estatura, de piernas encorvadas (posiblemente debido a la casi permanente postura de rodillas que adoptaban cuando iban en sus canoas), dolicocéfalos, con rostros redondos, pómulos salientes y nariz chata, ojos pequeños y oblicuos. Utilizaban la honda, el arco (un poco más corto que el de los “onas” y las flechas y cuchillos que hacían con las valvas de ciertos moluscos existentes en la zona. Su subsistencia  dependía casi exclusivamente del mar y la familia entera (a veces en grupos de varias familias que se juntaban para navegar los canales), se dedicaba a la pesca. Puede decirse que su hogar eran las canoas, pues sobre ellas pasaban la mayor parte de su tiempo pescando. Eran embarcaciones de 3 a 4 metros de largo, por 80 centímetros de ancho, construídas con cortezas de haya, unidas con barbas de ballena o fibras vegetales y calafateados con musgos y hierbas. Mientras que la pesca y la recolección de moluscos y cangrejos estaba casi exclusivamente a cargo de las mujeres, los hombres cazaban focas y ballenas y para ello, fabricaban arpones con punta de hueso y lanzas. Generalmente iban desnudos, salvo las mujeres que usaban una “tanga” o cubre sexo triangular de cuero. Calzaban mocasines de cuero y en invierno, todos, hombres y mujeres,  se cubrían con una especie de manto hecho con pieles de foca, nutria o zorro. Se adornaban con collares de conchillas y rodajas de fémures de aves  y se pintaban el rostro de rojo, negro y blanco. Su vivienda era un armazón de ramas arqueadas, cuyos dos extremos se enterraban en la tierra, cubierto con ramas y hojas en verano y con cueros en el invierno. No conocían la cerámica y para comer y beber utilizaban recipientes de cuero o hechos con caparazones de crustáceos. Con cortezas de árboles (principalmente haya), construían cestos y baldes parecidos a los de los onas, pero con una técnica personal y diferente. Adoraban a un ser supremo (“watauinewa”), ser invisible, dueño de todo lo creado y rector de la vida de los “yámana” y rendían culto a los buenos y malos espíritus, entre los cuales, uno de ellos, quizás el más importante era Tánowa, un personaje femenino que habitaba en el interior de la tierra. Practicaban ceremonias de inciación tanto para muchachitos como para las niñas.. No se les conocen instrumentos musicales, pero también como las otras familias de los canales fueguinos, cantaban y bailaban durante sus ceremonias en las que participaban pint´ndose la cara y el cuerpo con rayas, puntos círculo y cruces. La familia, eminentemente patriarcal,  era monógama, aunque en algunos casos se permitía la poligamía. Los recién nacidos con algún defecto eran inmediatamente sacrificados. No había caciques, pero se escuchaba la opinión de los hechiceros, que llamaban “vóccmusch”. Su idioma era rico en voces y expresiones de sonido suave. La cultura yamaná no se extendió mucho y los pocos descendientes de aquellos primeros pobladores, fueron registrados cuando trabajaban como peones en establecimientos ubicados en la zona del canal de Beagle.

(1) TRANSCRIBIMOS A CONTINUACIÓN UN INTERESANTE TRABAJO REALIZADO POR LAS PERIODISTAS  SILVINA HEGUY  Y VALERIA ROMÁN QUE SE PUBLICARA EN EL DIARIO CLARÍN DE BUENOS AIRES, POR CONSIDERAR QUE EN EL TEXTO SE ACLARAN MUCHAS DUDAS QUE SE PODRÍAN TENER RESPECTO A LA PRESENCIA DE LOS PRIMEROS HABITANTES DEL TERRITORIO ARGENTINO:

“No eran nómades que vagaban sin rumbo ni tampoco un grupo pequeño. Los primeros pobladores del territorio argentino, estaban establecidos casi 13.000 años atrás. Sus huellas aparecen ahora en 20 sitios arqueológicos distribuidos a lo largo del país. Y revelan que conocían los ambientes que habitaban en comunidades igualitarías de hasta 400 personas. Estas huellas, descubiertas por investigadores en arqueología de la Argentina, ponen en jaque al paradigma del poblamiento de que es defendido por los expertos los Estados Unidos. “Los primeros poblares no conformaban como ellos sostienen, una ola humana que arrasó de Norte a Sur con los ambientes y extinguió especies como el gliptodonte. Tampoco es cierto que hayan avanzado tan rápido que en sólo mil años poblaron todo”, afirma Luis Borrero, investigador del Conicet y uno de los protagonistas de una discusión que tuvo lugar durante el Congreso de la International Quaternary Association, en Reno, Estados Unidos.

Como descreen de las pruebas locales, los arqueólogos del Norte, sostienen que el poblamiento desde Alaska a Tierra del Fuego fue un proceso rápido que comenzó 12.000 años atrás. Sin embargo, las evidencias halladas en la Argentina, con fechados de casi 13.000 años,  hacen que el paradigma esta­dounidense tambalee. Los primeros pobladores tuvieron “que adaptarse (y para eso, necesitaron de mucho tiempo), a lugares muy diferentes”, según Borrero. Tardaban 30 años para amoldarse a cada ecosistema”.

La única especie Homo que consiguió poblar América, fue el “Homo sapiens sapiens”, que ingresó por el estrecho de Bering, aunque se estima que hubo otras “puertas”. Cómo fueron sus movimientos hasta llegar a territorio argentino está pendiente. Según Hugo Yacobaccio, del Instituto de Ciencias Antropológicas de la UBA y el Conicet, hubo distintos ingresos. Por ejemplo, los ocupantes del sitio “Hornillos 2”, cerca de Susques en la provincia de Jujuy, habrían llegado desde los Andes hace más de 9.600 años y dejaron, entre otras cosas, una estatuilla de madera con forma de llama. En cambio, los pobladores del sitio “Piedra Museo”, en el nordeste de la provincia de Santa Cruz, habrían venido por el océano Atlántico, según Laura Miotti, del Museo de La Plata, que investiga el lugar desde 1988.

Los primeros pobladores fueron “cazadores-recolectores” con comportamientos complejos. “Se desmoronaron prejuicios sobre ellos””, advierte Mónica Berón, del Conicet y del Museo Etnográfico de la UBA. “Nunca se movían de un lugar a otro sin sentido. Volvían a los lugares reproduciendo circuitos estacionales o anuales, como pasar el verano en la costa del río o en busca de pieles de animales en invierno”.

Eran verdaderos naturalistas: sabían dónde encontrar “rocas para tallar instrumentos, minerales colorantes para decorar, leña para darse calor y los mejores reparos”, dice Diana Mazzanti, de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Mar del Plata. Para los arqueólogos argentinos, hace más de 10.000 años, que ya había varios estilos de arte rupestre y se hacían puntas de proyectiles. “Los primeros pobladores vivían en sociedades igualitarias , sin jerarquías marcadas, con un alto grado de solidaridad, donde los alimentos eran compartidos, siguiendo reglas precisas”, según Gustavo Politis, investi­gador del Museo de La Plata. Nada se sabe aún sobre cómo se comunicaban. El clima era bastante similar al actual, aunque con temperaturas más bajas”, según Eduardo Tonni, investigador del Conicet y del Museo de La Plata. En la región patagónica predominaban ambientes de tundra y estepa, los glaciares ocupaban una superficie mayor. Por ejemplo, en la zona del estrecho de Magallanes, los registros indican un avance de  los glaciares de 70 km con respecto a la situación reciente. En la región pampeana,  había un clima más frío y seco, escribe Politis en el libro “Nueva Historia Argentina”.

Pero había entonces muchos más suelos por explorar: el mar estaba más retirado. Sobre esas tierras andaban grandes mamíferos de más de una tonelada, como los gliptodontes, el megaterio, el toxodonte, la macrauquenia, adaptados a ambientes abiertos que ya no existen. La extinción de esos animales es también motivo de enfrentamiento. Los científicos estadounidenses dicen que los cazadores-recolectores poblaron el continente con una brutalidad tal, que exterminaron a esos mamíferos hace unos diez mil años. Para Borrero, “nunca los primeros pobladores pueden haber sido el gatillo que disparó la extinción .  Su desaparición fue supuestamente por sucesivos cambios climáticos”.

Los primeros pobladores eran muy inquietos y eligieron los mejores lugares para asentarse.Obtenían obsidiana, un vidrio volcánico que podía estar a más de 100 km. de donde se hallaban, lo que da una idea de sus movilidad”, resalta Alejandro García, investigador de la Universidad Nacional de Cuyo y del Conicet, que estudió “Agua de la Cueva” (en la provincia de Mendoza), habitado hace 13.300 años. El grupo de Carlos Aschero, de la Universidad Nacional de Tucumán, halló productos de la selva en sitios de la Puna. Las condiciones ambientales hicieron que la Patagonia y la región pampeana fueran ocupadas antes que la Puna. “Hubo un momento, destaca Borrero, en que la Patagonia, se llenó de vecinos”.

De la caza a la evolución agrícola
Los primeros pobladores desembarcaron e1 actual territorio de la Argentina como cazadores-recolectores. Esto significa que esos grupos humanos, no conocían la agricultura. Sin embargo, hubo un determinado momento en el que aquellos grupos que eligieron habitar en el norte del actual  territorio argentino, comenzaron a domesticar animales. En cambio, los pobladores prehistóricos que habitaron la región patagónica, nunca fueron pastores.

Según dijo el arqueólogo del Conicet y de la Universidad de Buenos, Hugo Yacobaccio, “hace 4.500 años los pobladores de la región Norte de la República Argentina, se concentraron en la domesticación de animales como la llama y la alpaca. En tanto, los pobladores patagónicos, nunca llegaron a domesticar al guanaco. El mayor sedentarismo y la existencia de grupos humanos más grandes, que llevaron a la aparición de nuevas formas de organización, con jefes y subalternos, pueden considerarse algunas de las razones del inicio de la agricultura””, afirma  con relación a los antecedentes de la revolución neolítica.

(2) Huinca. Procede de “wingka”, la palabra mapuche usada para nombrar a los españoles que llegaron a su territorio en el siglo XVI. Por extensión se aplica a los chilenos y argentinos, no indígenas y no negros, a veces con sentido despectivo. En un significado similar se han utilizado en castellano las palabras “cristianos” o “blancos”. Para autoidentificarse, las personas aludidas con la palabra huinca, utilizan la denominación de su nacionalidad u otra adscripción geográfica o étnica.

Bibliografía consultada “Historia de la Argentina”, Víctor Barrionievo Imposti, Cultural S.A., España, 2001, “Historia Argentina”, tomo I, Editorial Océano, Barcelona, España, “Los chichas como mitimaes del Inca, Carlos Zanoli, 2003, “Caciques y capitanejos en la Historia Argentina”, Guillermo Alfredo Terrera, Buenos Aires, Revista Todo es Historia, Tomo 6, pág. 36, Los Charrúas, varias páginas de Google referidas al tema, INDEC (Base de datos de pueblos indígenas u originarios, “Historia general y natural de las Indias, islas y tierra-firme del Mar Océano, pág. 192,  Gonzalo Fernandez de Oviedo y Valdes, editado por la Real Academia de la Historia, “Problemas indígenas americanos”, pág. 48, de Enrique de Gandía.  Emecé Editores, 1943, “Diccionario Histórico Argentino”, Ione S. Wright y Lisa M. Nekhom, Emecé, Buenos Aires, 1990

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